PAZ, como apellido
Existen demasiados motivos para escribir esta palabra. Quizás el monosílabo más repetido en el corazón de la gente en todo el mundo, aunque sólo sea, no seamos hipócritas, para su negación. Sin embargo la palabra se acerca a esta página por distinta causa. Viene en calidad de apellido traída por el agradecimiento de lector y sólo para el recuerdo. Octavio Paz hubiera cumplido en el mes de abril noventa años. Se marchó de este mundo a los ochenta y cuatro dejando tras de sí una obra central a la cultura hispánica del siglo XX.
Recordarle como lector es también un homenaje al significado universal del sustantivo que le nombra. Pocos instantes como el de la lectura ejemplifican mejor el significado de la palabra paz. Y escasos actos, como el de leer, pueden conducir con más naturalidad hacia ella.
Del autor de Los hijos del limo y Pasado en claro, se suele alabar la extensión y diversidad de su obra, el interés permanente que demostró por conocer e interpretar (traducir) otras culturas, otros ámbitos de la emoción y el conocimiento y, cómo no, la hondura y modernidad de su obra poética. Con ser ciertos cada uno de los enunciados se me antojan, en este instante, insuficientes. La sensación de orfandad que produjo su muerte no se explica sólo por lo que Octavio Paz había escrito, que afortunadamente sigue ahí, tan vivo como cuando salió de la imprenta, ni por lo que hubiera podido escribir que pertenece al mundo de la especulación. Quizás sea necesario admitir que echamos de menos un talante y un talento crítico, una manera de estar en el mundo de las ideas y en el mundo mucho más farragoso y enfangado de los actos. Desde la raíz de México que es un continente de la cultura hispánica y asumiendo, es decir, reconociendo, todas sus contradicciones y limitaciones, Octavio Paz integró nuestra cultura en el torrente crítico de la cultura moderna. Con su obra sí, pero también con sus actos políticos, con sus gestos cívicos. El siglo XX fue de los más siniestros de la historia del hombre, pero de su barbarie surgió una clase de hombres que no ángeles especial, aquellos que supieron atravesarlo sin permitir que claudicase su capacidad crítica. Entre ellos, y desde nuestra orilla, estuvo Octavio Paz.
Por otra parte, quizás su herencia, ese talento crítico, sea la única garantía de que en algún momento, la paz sea posible.
Recordarle como lector es también un homenaje al significado universal del sustantivo que le nombra. Pocos instantes como el de la lectura ejemplifican mejor el significado de la palabra paz. Y escasos actos, como el de leer, pueden conducir con más naturalidad hacia ella.
Del autor de Los hijos del limo y Pasado en claro, se suele alabar la extensión y diversidad de su obra, el interés permanente que demostró por conocer e interpretar (traducir) otras culturas, otros ámbitos de la emoción y el conocimiento y, cómo no, la hondura y modernidad de su obra poética. Con ser ciertos cada uno de los enunciados se me antojan, en este instante, insuficientes. La sensación de orfandad que produjo su muerte no se explica sólo por lo que Octavio Paz había escrito, que afortunadamente sigue ahí, tan vivo como cuando salió de la imprenta, ni por lo que hubiera podido escribir que pertenece al mundo de la especulación. Quizás sea necesario admitir que echamos de menos un talante y un talento crítico, una manera de estar en el mundo de las ideas y en el mundo mucho más farragoso y enfangado de los actos. Desde la raíz de México que es un continente de la cultura hispánica y asumiendo, es decir, reconociendo, todas sus contradicciones y limitaciones, Octavio Paz integró nuestra cultura en el torrente crítico de la cultura moderna. Con su obra sí, pero también con sus actos políticos, con sus gestos cívicos. El siglo XX fue de los más siniestros de la historia del hombre, pero de su barbarie surgió una clase de hombres que no ángeles especial, aquellos que supieron atravesarlo sin permitir que claudicase su capacidad crítica. Entre ellos, y desde nuestra orilla, estuvo Octavio Paz.
Por otra parte, quizás su herencia, ese talento crítico, sea la única garantía de que en algún momento, la paz sea posible.
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