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La Rubiera

LA ELECCIÓN DE LA BARBARIE

LA ELECCIÓN DE LA BARBARIE No sé por qué me despertaba muy temprano en el apartamento frente a la playa de Bolonia (Cádiz) un lugar donde todo es modesto salvo la playa misma y las ruinas de Baelo Claudia que hablan con la grandiosidad de los sueños y la serenidad de los siglos. Serenidad que, como todos sabemos, sólo afecta a las piedras y que el hombre percibe como un aroma de la muerte extrañamente tonificante, aunque efímero. A primera hora, antes de que el sol apareciera entre la calima, leía alguno de los libros que todos llevamos de vacaciones y entre ellos, "La elección de la barbarie" (Tusquets, 2002) de José María Ridao, que vino a otorgarle para mí, sin advertencia previa, una dimensión distinta al lugar elegido por los romanizados próceres de Cádiz, ciudadanos entonces de otro imperio, para poner en salazón a los atunes o tomar los baños.
Cuenta Ridao, con la inteligencia en libertad que ya mostró en "Contra la historia" y "La desilusión permanente", que occidente toma, de nuevo, frente a los movimientos migratorios la elección de la barbarie al convertir conceptos como civilización o cultura en justificaciones de la acción política, de la misma manera que hace sólo medio siglo se hizo con los de raza o proletariado. Particularmente útil su crítica a los que denomina “nuevos utopistas”, aquellos para los que la idea de globalización describe un futuro indudable (en el mismo sentido que lo fueron la sociedad sin clases o el Reich de los mil años) hacia el que se mueve el mundo de manera imparable y por el que se justifica, o debe asumirse, cualquier injusticia presente. Como es lógico la demonización del Islam y por extensión de todo el mundo árabe ocupa gran parte del discurso.
Ocupado en las ideas bien expresadas y mejor hiladas del libro salía con los primeros rayos de sol a dar un paseo egoísta por la playa, sólo habitada entonces por algunos pescadores cuya única utopía consiste en que una dorada tense su sedal y les procure disculpa de haber abandonado la cama como amantes furtivos. Digo egoísta porque además de salud, belleza, serenidad, soledad y paz, los andarines a deshora buscamos por las playas cualquier cosa, piedras de colores, conchas, y hablamos con el mar como si el mar tuviera alguna obligación de escucharnos. Y en esta ocasión era el mar el que hablaba con un lenguaje explícito y escasamente amable: en su cielo un helicóptero de la Guardia Civil iba y venía entre las brumas del Estrecho y la aún escasa claridad de la costa en previsión de que la desolación se estuviera acercando más de lo deseable. Envuelto en el zumbido metálico el andarín avanza hacia los acantilados donde le espera un pequeño bunker de cemento hoy abandonado y que la civilizada sociedad española ha rellenado con bolsas de basura que asoman como cabezas de encapuchados por el hueco donde alguna vez asomó un mauser y la perruna melancolía de un muchacho que hacía la mili. Más allá, reventados, los restos de dos pateras neumáticas golpean contra las rocas al ritmo cansino de las olas como indicando la dirección de la huida hacia la cima del pequeño promontorio de suelo arenisco tupido de pinos rastreros. De las ramas cuelgan restos de camisas quizás colgadas a secar y que no hubo tiempo de recoger después. Botas gastadas, plásticos, y arrugadas cajetillas de tabaco completan la decoración de lo que el andarín veía desde su apartamento como una lengua esmeralda que lamía los párpados turquesa del mar.
De regreso, cuando ya los primeros bañistas plantan sus sombrillas en primera línea de espuma con ardor de propietarios, traigo conmigo una pequeña caracola que le entrego a Juan quien inmediatamente se la lleva a la oreja y sonríe. Menos mal que el mar sabe muy bien lo que tiene que contar en cada caso.



La elección de la barbarie

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