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La Rubiera

FUMAR PUEDE MATAR

FUMAR PUEDE MATAR


A José Manuel Suárez, que no fuma, pero anda a cuerpo.

La cosa fue así: me había quedado sin cigarrillos y lo desapacible del tiempo hacía penoso bajar a la calle, abandonar el ordenador, a Schubert que sonaba en sus canciones y el texto que estaba escribiendo, algo sobre un escritor que quería desaparecer (Doctor Pasavento, Vila-Matas, Walser, claro); pero finalmente miré hacia el patio, no llovía, al menos no como antes y decidí salir sin tan siquiera ponerme la chaqueta.

El estanco está a diez pasos de mi portal y el viaje de ida y vuelta no llegaría a los cinco minutos y eso gastando, al menos dos, en averiguar que tipo de melancolía tendría hoy abatido a Carmelo, el estanquero que desmiente todos los tópicos del gremio: detesta vender, tiene las existencias mínimas y normalmente está muy enfadado con el mundo.

Hacía un frío del carajo la vela, así que apresuré el paso hasta el lóbrego chiscón.

Carmelo me miró con expresión bovina, sin decir palabra. Al cobrarme se obstinó, aún a disgusto, en cambiar veinte euros por no fiarme los cinco céntimos que me faltaban en monedas.

Salí apresuradamente, mosqueado por su ruindad de mal vecino, con el tabaco y el cambio en la mano esquivando los goterones que caían desde los tejados.

En ese momento, cuando ya doblaba la esquina, unos bocinazos me hicieron volverme. Un tipo desde un todo terreno me hacía gestos para que me detuviera. Yo no le reconocía, de nada

¿Qué querrá este orate?, pensé, mientras el agua del toldo de la cafetería (que me estaba esperando, seguro) cayó sobre mi cuero cabelludo como caen los porrazos sobre los tambores de Calanda.

Ante mi asombro, el orate aparcó de mala manera en plena esquina y vino hacia mí sonriente y agitando los brazos.

No tuve tiempo ni de preguntar ¿qué pasa?

Se le han caído diez euros en la puerta del estanco, me dijo.

Efectivamente, allí sobre la acera mojada estaban los diez euros hechos un guiñapo. Los cogió y me los entregó sonriendo.

Antes de que pase algún cabrón y se los quede, aclaró.

Mi asombro se transformó en pasmo. Acerté a darle las gracias mientras desaparecía como llegó corriendo hacia su coche.

Me quedé mirándolo mientras se difuminaba hasta perderlo de vista ya al final de Mejía Lequerica, olvidado de la lluvia que había vuelto a arreciar y me estaba calando.

Ahora, de vuelta a mi cubil, donde escribo esta historia minúscula, el paquete de Pall Mall me amenaza en negro sobre blanco (más exactamente, en Arial negrita cuerpo 16): Fumar puede matar.

Pero algo me dice que no es cierto, la que mata es la vida. He pillado un resfriado en condiciones.

La que mata es la vida, por su tacañería o por su generosidad. Por cinco céntimos o por diez euros.

Aunque, generalmente, lo que mata de verdad es no ponerse la chaqueta.

Cualquier chaqueta.

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