Hay bragas para comer
¿Se acuerdan ustedes de la efímera moda literaria que en los primeros años ochenta se denominó “realismo sucio”? La expresión había nacido algo antes en Estados Unidos para designar, con bastante más exactitud que a sus imitadores, la narrativa y la poesía de Bukowski, aunque después alcanzó rango de etiqueta aplicada a una generación algo más joven, la de Raymond Carver, que gracias al siempre atento al exterior y, a veces, impagable catálogo de Anagrama, llegó a nosotros con notable presteza. En fin, algo que fue una moda que pasó para volver en cualquier momento, pues las etiquetas de la posmodernidad no pasan a la historia sino a un stock de obras que administran gurús y mediopensionistas de la cultura, y del que, según la temporada extraen las más convenientes.
Todo esto no viene a cuento de Bukowski al que no leo hace tiempo y de quien siempre recomiendo su poesía (Poemas de la última noche, DVD, 2004), sino por la pesadez de un amigo (la amistad es una paradoja, casi siempre) que se empecina en repetir que la vida española se ha convertido en “realismo sucio”. Y eso no. Es lo que tienen las etiquetas mal asimiladas, que sirven para cualquier cosa. Hay que reconocer que “realismo sucio”, además de ser una encubierta redundancia, posee un amplísimo campo significante. Que los señores diputados del Congreso se enfrentan como verduleras: realismo sucio. Que una madre insulta a su hija en televisión: realismo sucio. Que en un programa de máxima audiencia se airean las lujurias de una hasta ayer inmarcesible mito de la canción o la aristocracia: realismo sucio. Que una histórica institución política financie y exhiba un video digno de un tonto del bote: realismo sucio. ¿Para qué seguir?
Pues no. Nada de realismo sucio. En primer lugar nada de realismo y en segundo, nada de sucio. Ciertos sectores de la vida española muy ruidosos por su proximidad a los medios de comunicación cuando no producto de ellos mismos, son ignorantes, ruines, avariciosos y aviesos (por no decir malvados, que tiene resonancias apocalípticas). Pero no son, en absoluto, realistas.
Roberto Arlt, cuando quisieron calificar a sus cuadros como surrealistas, replicó lo siguiente: “no soy surrealista, soy realista del Sur”. Y tenía razón. En el sur y España es el sur-sur de Europa, el realismo se da mal, le crece rápidamente la hojarasca verbal o se le sube la color (aunque sea el negro) y se transforma en un disparate o en una genialidad, en todo caso por debajo o sobre el realismo, pero nunca en él.
En cuanto a la suciedad, pues tampoco. En la octava potencia económica del mundo nos lavamos bastante y vestimos considerablemente bien. El noventa por ciento de los aludidos en este artículo (lamento no disponer de teléfono para que intervengan) gasta ropa de marca y accesorios de lujo. El realismo vital y literario en España (convéncete, José Manuel) se da sólo en ambientes muy populares y generalmente unido al ramo del comercio minorista. Rótulos de grafía imprecisa pero significado indudable: “Hay pan”. “Se hacen bocadillos”. Hasta aquí llegamos y poco más. En cuanto intentamos describir el pan o describir el contenido de los bocadillos, transformamos el texto en un disparate o en una genialidad, pero el realismo se esfuma. Aunque el otro día, en uno de esos tabucos del Metro que quieren ser tiendas, descubrí una pieza impecable: “Hay bragas para comer”.
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