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La Rubiera

GASTRONOSUYA

GASTRONOSUYA

 

Soy consciente que la credibilidad de estas viñetas de letras es muy escasa, pero cuando por una vez, abordan el tema gastronómico, la escasez roza la carencia. Por eso les hablaré, ya sé que no lo esperaban, de un libro. Pero les hablaré de él no para alabarlo, denostarlo o dejarlo al bies. Les hablaré para mostrarles las sorpresas que depara la ignorancia. La ambiciosa obra se titula, 3.000 años de cocina española (Espasa) y ha sido escrita (recetada y anotada), por las intrépidas Rosa Tovar y Monique Fuller, secundadas en la empresa por un nutrido grupo de amigos que encabeza Jaime Siles, no sé si el poeta o el gourmet, o ambos en el mismo alambique.

3.000 años de cocina son muchos años, pero 3.000 años de española, son demasiados.

¡Qué me van a contar a mí de licencias poéticas! Pero, tres mil años de española, son simplemente mentira, una mentira, eso sí, inofensiva. Pero luego, vienen los abertzales   y no hay quien les quite su puntito de razón. Y eso tampoco, oiga, porque la razón requiere un mínimo sentido del humor.

 Española o no, la relación comienza en la España primitiva, aquella que, sorpresa, ya comía berzas, ajo, tocino y truchas, además de una muy lírica sopa de tomillo. Naturalmente, los asturianos de entonces ya mezclaban la trucha y el tocino, demostrando que lo suyo, es decir, lo mío, ha sido siempre la nostalgia del cerdo. Así nos va.

 Avanza el libro hacia Roma y nos topamos de bruces con el pulpo de León, cefalópodo y octópodo (animal esdrújulo, donde los haya), que llegaba desde sus simas oceánicas hasta los recónditos valles de Villablino para saciar el hambre de la Legio Gémina VII, quien, a su vez, protegía con esmero el oro de Babia. No se sabe mucho de visigodos y bizantinos, respecto de sus gustos, pero sí que inventaron las croquetas, lo que sin embargo, parece más que suficiente para convertirlos en el auténtico filón de la novela histórica contemporánea, género que, efectivamente, parece en la actualidad servirse por raciones.

Que judíos y árabes tenían una mayor tendencia vegetariana  es cosa sabida, pero que de los primeros heredamos los huevos duros (y por tanto, Una noche en la ópera) y de los segundos el arroz con leche, a lo mejor fastidia a más de un partidario de don Pelayo. ¡Que los hay! De la época cristiana destacaría "los soldaditos de Pavía” y, naturalmente, las “yemas de Santa Teresa”. Claro que las, o los  “Atascaburras”, son algo muy nuestro, aunque no sé sin tan pío.

 Llega luego América y le da la vuelta a todo como a un calcetín. Y de aquello, de aquel momento sublime de la historia y de la raza: la tortilla de patata. Y si quieren mestizaje, con cebolla. Magnífico el libro de Rosa y de Monique, a quienes agradezco el favor que me han hecho en este trance. A cambio, les regalo una idea: propongan su obra como opción alternativa a Educación para la ciudadanía, muchos podrían salir favorecidos y acaso salvos.

 

 

 

 

 

 

 

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