OLINDA
Hay dos cosas que nunca entenderé del todo. Quiero decir, entre las que me importan, porque las cosas que entiendo o me importa entender son pocas. Hay dos cosas que en estos días han llamado con insistencia a la puerta de mis ocupaciones, y por eso escribo sobre ellas. Una es ¿por qué un libro tiene éxito? Un éxito grande, de esos que generan pirámides de ejemplares en El Corte Inglés durante meses, como los de Arturo Pérez Reverte o Paulo Coelho, y que entrevisten al autor en los programas de la tele que generalmente se ocupan de otros asuntos. Y de antemano (no me lean los labios, créanselo), NO TENGO nada contra ninguno de los dos. Sobre todo nada contra Reverte que, por lo que opina y como, en sus artículos, tiene pinta de paisano bragado y que va de cara, cuestión que me parece primordial antes, después y durante los talentos con los que cada uno se gane la vida.
Esta pregunta veraniega me asaltó reiteradamente leyendo una gran novela. Como decíamos o decimos los antiguos y no excesivamente académicos, un gran libro. Y mira que me viene mal la palabreja. Los libros arden mal es un texto apasionante escrito con la maestría habitual de Manuel Rivas, uno de los narradores que mejor maneja la difícil relación entre emoción y distancia o, lo que es lo mismo, entre las cosas que se pueden ver y aquellas que sólo existen como lectura de lo que vemos. El libro ha sido un éxito, sin duda, un éxito de crítica –por las que yo leí- y probablemente un éxito de venta en relación a los estándares del género. Pero eso es justamente lo que me hace preguntarme por las razones del éxito de escándalo. Pienso que la novela debía de haber armado el taco. Y no armó el taco. ¿Por qué? No me lo explico. Y tampoco me conformo con explicaciones sociológicas, del tipo gran literatura y otras lindezas, en las que yo y los que piensen como yo salgamos bien parados. La obra, una historia de la ciudad de A Coruña en los días de la guerra civil, es la construcción de un universo, sí, pero un universo de personajes tan próximos, tan reales y al mismo tiempo tan mágicos, que debieran de seducir a miles, a millones de lectores. Cuando concluí de leerla en español sentí la necesidad de hacerlo en gallego y el placer, pese a pequeñas dificultades con el idioma por la falta de una práctica habitual, creció.
No tengo respuestas para explicar que Los libros arden mal no haya sido un éxito comparable al que el mismo escritor tuvo con Qué me quieres amor, antes de la versión cinematográfica del cuento La lengua de las mariposas, por ejemplo, cuando es, en mi opinión, éste un libro superior en muchos aspectos.
Así mi perplejidad queda donde estaba y pienso que estará hasta el fin de los tiempos. Un consuelo vicario reside en saber que La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa (más novela, por más ficción, que Conversaciones en la catedral) pasó por el mismo purgatorio. Pero, como diría Polca, uno de los personajes de Los libros arden mal, todo puede ser que el libro o la situación tengan o no tengan Olinda. Polca habla de las cerillas y explica que a todos sus componentes químicos podría añadir Olinda. ¿Y qué es Olinda? : “Un componente especial que tienen algunas cerillas. Las que encienden a la primera, tienen Olinda”. Pues eso.
Hay dos cosas que nunca entenderé del todo. Ya les conté una. La otra tendrá que esperar al próximo artículo, pues ya saben ustedes que uno de los secretos de la supervivencia es la correcta administración de la ignorancia. La propia, por supuesto.
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Lulo -