DE PIE SÓLO COMEN LOS CABALLOS
En ocasiones la vida te depara la saludable y rara sensación de que el sentido común y su mejor aliado, una expresión verbal o escrita sencilla y directa, no han desaparecido del planeta. En una entrevista que el tan incansable como estimulante Juan Cruz le realizaba al actual director de la Feria del Libro de Madrid, Teo Sacristán, éste afirmaba que su abuelo solía decir que “trabajar, lo que se dice trabajar, es cavar zanjas”. Lo demás le parecían entretenimientos al honesto proletario. Y no le faltaba razón, ni le falta hoy cuando, imagino, ya no está entre los vivos, pero es recordado por su nieto con emoción y confianza.
Es importante que los recuerdos inspiren confianza. Creo que es lo más importante de los recuerdos. Todos tenemos múltiples, miles de recuerdos, pero, ¿cuántos de ellos nos nutren como si fueran pan recién horneado? ¿Cómo si fueran palabras que un amigo nos acaba de decir desde su corazón? Pocos, algunos quizás. Y son como tesoros que siempre volvemos a encontrar.
Cada año aparece un número de esta revista dedicado a la gastronomía y cada año, me plantea un problema. ¿De qué puedo escribir que, aún remotamente, se acerque a ese tema? Siempre me salvan los recuerdos, el pan caliente de los recuerdos. Cuando era un campesino adolescente solía ir a las tierras de labor con mi abuelo José a sallar patatas o plantarlas, a sembrar centeno o a recogerlo; a cualquiera de las labores que él llamaba de día completo. A la una en punto, indefectiblemente, aparecía mi abuela Oliva con su cesta de mimbre con la comida, el vino y una botella vacía para que yo buscara agua fresca en la fuente Las llamas. Buscábamos una sombra, ella tendía un pequeño mantel a cuadros rojos, y a comer. Si por casualidad se me ocurría llevarme a la boca un bocado estando de pie, y no digamos caminando, Oliva me miraba de arriba abajo muy seria y como si se dirigiera a otro decía: “de pie sólo comen los caballos”. Y había que sentarse.
La frase, este recuerdo como pan recién horneado, me salvó años más tarde de mi timidez en los cientos de presentaciones, actos y celebraciones en los que, también indefectiblemente, sirven canapés a los que, para mí, es una “ofensa” acercarse. Mientras observo codazos por alcanzar un canapé de tortilla o de cangrejo, escucho una voz muy lejana: “de pie sólo comen los caballos”. Y sonrío porque, de beber, no dice nada.
1 comentario
yesika -