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La Rubiera

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La Venus de Cranach

La Venus de Cranach

La decisión de retirar de las paredes del metro londinense un cartel que anunciaba la exposición de Lucas Cranach el Viejo, en la Royal Academy, es un hecho que puede entenderse desde el punto de vista de la seguridad ciudadana, siempre y cuando admitamos, de antemano, que estamos siendo derrotados por ideologías sin Ilustración con las que compartimos piso.
Espero que la muchacha pintada por el amigo de Lutero, coetáneo y competidor de Durero y detentador del monopolio de edición de la Biblia, pueda exhibirse sin velos, ni sobresaltos, tras las vetustas paredes de la Royal Academy. La nota de disculpa: “Millones de personas viajan diariamente en metro y no tienen más remedio que ver la publicidad allí colocada. Debemos tener en cuenta a todos los viajeros y procurar no ofender a nadie”, emitida por Transport for London, es un monumento a la estulticia y la hipocresía.
Si tenemos que ocultar nuestras obras de arte, ¿qué deberemos hacer con nuestros actos, palabras y gestos más cotidianos? ¿Reducirlos al ámbito privado? ¿Ocultarlos de nuevo bajo el santo temor de Dios? Sobre este asunto cualquier discurso se antoja un dislate y corre peligro de serlo.
La muchacha que, con la disculpa de representar a Venus, pintó Cranach, tiene una expresión que no mueve a lascivia. Su cuerpo, realizado sin duda a partir de muchos vistos fugazmente, tampoco. Es bella, sí, justamente porque muestra, representa, ejemplifica el deseo de descubrir, de mostrar a una mujer. De decir que existe, que es como es. La gasa transparente que cuelga entre sus manos y cela el sexo no es un velo, sino justamente lo contrario: la luz con la que el ser humano comparte, cautamente, a lo nuevo. Una candela, una vela.

El “metro” es una gazapera excesivamente expuesta, es cierto. Cualquier enfermo ideológico (nótese el brío elusivo) puede causar una tragedia con el mínimo esfuerzo. Pero el “metro” existe porque una sociedad se considera capaz de convivir en sus circunstancias y considera que, mayoritariamente, sus ciudadanos se respetarán en ellas. Las grandes ciudades sobreviven gracias a este código no escrito. Prohibir la exhibición de una “Venus” del s. XIV, es una manera no sólo de violarlo, sino de abolirlo.






Hay bragas para comer

Hay bragas para comer

¿Se acuerdan ustedes de la efímera moda literaria que en los primeros años ochenta se denominó “realismo sucio”? La expresión había nacido algo antes en Estados Unidos para designar, con bastante más exactitud que a sus imitadores, la narrativa y la poesía de Bukowski, aunque después alcanzó rango de etiqueta aplicada a una generación algo más joven, la de Raymond Carver, que gracias al siempre atento al exterior y, a veces, impagable catálogo de Anagrama, llegó a nosotros con notable presteza. En fin, algo que fue una moda que pasó para volver en cualquier momento, pues las etiquetas de la posmodernidad  no pasan a la historia sino a un stock de obras que administran gurús y mediopensionistas de la cultura, y del que, según la temporada extraen las más convenientes.

 Todo esto no viene a cuento de Bukowski al que no leo hace tiempo y de quien siempre recomiendo su poesía (Poemas de la última noche, DVD, 2004), sino por la pesadez de un amigo (la amistad es una paradoja, casi siempre) que se empecina en repetir que la vida española se ha convertido en “realismo sucio”. Y eso no. Es lo que tienen las etiquetas mal asimiladas, que sirven para cualquier cosa. Hay que reconocer que “realismo sucio”, además de ser una encubierta redundancia, posee un amplísimo campo significante. Que los señores diputados del Congreso se enfrentan como verduleras: realismo sucio. Que una madre insulta a su hija en televisión: realismo sucio. Que en un programa de máxima audiencia se airean las lujurias de una hasta ayer inmarcesible mito de la canción o la aristocracia: realismo sucio. Que una histórica institución política financie y exhiba un video digno de un tonto del bote: realismo sucio. ¿Para qué seguir?

 Pues no. Nada de realismo sucio. En primer lugar nada de realismo y en segundo, nada de sucio. Ciertos sectores de la vida española muy ruidosos por su proximidad a los medios de comunicación cuando no producto de ellos mismos, son ignorantes, ruines, avariciosos y aviesos (por no decir malvados, que tiene resonancias apocalípticas). Pero no son, en absoluto, realistas.

 Roberto Arlt, cuando quisieron calificar a sus cuadros como surrealistas, replicó lo siguiente: “no soy surrealista, soy realista del Sur”. Y tenía razón. En el sur y España es el sur-sur de Europa, el realismo se da mal, le crece rápidamente la hojarasca verbal o se le sube la color (aunque sea el negro) y se transforma en un disparate o en una genialidad, en todo caso por debajo o sobre el realismo, pero nunca en él.

 En cuanto a la suciedad, pues tampoco. En la octava potencia económica del mundo nos lavamos bastante y vestimos considerablemente bien. El noventa por ciento de los aludidos en este artículo (lamento no disponer de teléfono para que intervengan) gasta ropa de marca y accesorios de lujo. El realismo vital y literario en España (convéncete, José Manuel) se da sólo en ambientes muy populares y generalmente unido al ramo del comercio minorista. Rótulos de grafía imprecisa pero significado indudable: “Hay pan”. “Se hacen bocadillos”. Hasta aquí llegamos y poco más. En cuanto intentamos describir el pan o describir el contenido de los bocadillos, transformamos el texto en un disparate o en una genialidad, pero el realismo se esfuma. Aunque el otro día, en uno de esos tabucos del Metro que quieren ser tiendas, descubrí una pieza impecable: “Hay bragas para comer”.

FUMAR PUEDE MATAR

FUMAR PUEDE MATAR


A José Manuel Suárez, que no fuma, pero anda a cuerpo.

La cosa fue así: me había quedado sin cigarrillos y lo desapacible del tiempo hacía penoso bajar a la calle, abandonar el ordenador, a Schubert que sonaba en sus canciones y el texto que estaba escribiendo, algo sobre un escritor que quería desaparecer (Doctor Pasavento, Vila-Matas, Walser, claro); pero finalmente miré hacia el patio, no llovía, al menos no como antes y decidí salir sin tan siquiera ponerme la chaqueta.

El estanco está a diez pasos de mi portal y el viaje de ida y vuelta no llegaría a los cinco minutos y eso gastando, al menos dos, en averiguar que tipo de melancolía tendría hoy abatido a Carmelo, el estanquero que desmiente todos los tópicos del gremio: detesta vender, tiene las existencias mínimas y normalmente está muy enfadado con el mundo.

Hacía un frío del carajo la vela, así que apresuré el paso hasta el lóbrego chiscón.

Carmelo me miró con expresión bovina, sin decir palabra. Al cobrarme se obstinó, aún a disgusto, en cambiar veinte euros por no fiarme los cinco céntimos que me faltaban en monedas.

Salí apresuradamente, mosqueado por su ruindad de mal vecino, con el tabaco y el cambio en la mano esquivando los goterones que caían desde los tejados.

En ese momento, cuando ya doblaba la esquina, unos bocinazos me hicieron volverme. Un tipo desde un todo terreno me hacía gestos para que me detuviera. Yo no le reconocía, de nada

¿Qué querrá este orate?, pensé, mientras el agua del toldo de la cafetería (que me estaba esperando, seguro) cayó sobre mi cuero cabelludo como caen los porrazos sobre los tambores de Calanda.

Ante mi asombro, el orate aparcó de mala manera en plena esquina y vino hacia mí sonriente y agitando los brazos.

No tuve tiempo ni de preguntar ¿qué pasa?

Se le han caído diez euros en la puerta del estanco, me dijo.

Efectivamente, allí sobre la acera mojada estaban los diez euros hechos un guiñapo. Los cogió y me los entregó sonriendo.

Antes de que pase algún cabrón y se los quede, aclaró.

Mi asombro se transformó en pasmo. Acerté a darle las gracias mientras desaparecía como llegó corriendo hacia su coche.

Me quedé mirándolo mientras se difuminaba hasta perderlo de vista ya al final de Mejía Lequerica, olvidado de la lluvia que había vuelto a arreciar y me estaba calando.

Ahora, de vuelta a mi cubil, donde escribo esta historia minúscula, el paquete de Pall Mall me amenaza en negro sobre blanco (más exactamente, en Arial negrita cuerpo 16): Fumar puede matar.

Pero algo me dice que no es cierto, la que mata es la vida. He pillado un resfriado en condiciones.

La que mata es la vida, por su tacañería o por su generosidad. Por cinco céntimos o por diez euros.

Aunque, generalmente, lo que mata de verdad es no ponerse la chaqueta.

Cualquier chaqueta.