AIRE
Aire. Escribo la palabra aire porque todas las que vienen a mi cabeza son palabras terribles y no quiero escribirlas. Escribo la palabra aire amparándome en todas las supercherías que encierra y sin ningún convencimiento especial, pero aún así, no quiero escribir las otras que llegan cargadas de significado aparentemente indudable en este momento. Es un acto de resistencia y como tal probablemente inútil, pero escribo la palabra aire como si fuera un sortilegio contra la mala suerte, un fetiche contra el mal de ojo, o un remedio contra el catarro nasal que es incómodo y le quita a mi cara la poca gracia que pudiera tener.
En el fondo la cuestión es siempre la misma: se trata de elegir con cierta libertad las palabras que pones en funcionamiento, las palabras que echas a rodar y podrían en un descuido caer sobre ti y aplastarte. O sólo rozarte, lo suficiente, en cualquier caso, para mancharte el pantalón o el bolsillo de la chaqueta y fastidiar la tarde, la velada y quizás el sueño o los sueños que pudieras tener en la noche. La realidad, o lo que percibimos y nombramos como realidad tiene, en muchas ocasiones, el corazón negro y la voluntad torcida. Algo que te empuja al tedio, a la insoportable melancolía del suicida improbable. Pero lo peor de la realidad es que se abroga la tiránica facultad de cargar las palabras de sentido. De pronto se apoderan de tu cabeza las palabras más infames, las palabras que sólo pronunciarías en caso de extrema necesidad, comienzan a pasear por tus neurotransmisores como las únicas existentes. Y, como todos sabemos, no hace falta gran cosa para que esto suceda, cualquier menudencia existencial provoca el cataclismo, desde un cambio en el viento, hasta una mala digestión facultan a las isobaras del alma para encabritarse. Y una vez encabritada el alma todo comienza a ennegrecerse y las palabras innombrables parecen ser las únicas que existen.
Y no. No sólo no es cierto que sean las únicas, lo más probable es que además de ser una o dos entre millares posibles su significado en ese preciso momento raye la inexistencia. Las grandes y terribles palabras suelen esconder siempre, casi siempre, mayormente, una torpeza, una debilidad, un sarcasmo. Y lo peor de ellas, una vez pronunciadas, una vez escritas, es que no provocan la risa que sería razonable sino que, incansables, atraen tras de sí otras aún peores, más vacías y más sucias.
Por esa razón es muy recomendable recordar la variedad inabarcable de palabras, celebrar algún descubrimiento caprichoso e inútil, por ejemplo: aire. Y de él, que nos sostiene vivos, buscar la acepción menos petulante: fluido que forma la atmósfera. Por ejemplo. Claro que podría darnos un aire, y perder el aire o, lo que es mejor, escapársenos un aire, señal inequívoca de que el miedo o la simple depre comenzaba, felizmente, a ceder.
En el fondo la cuestión es siempre la misma: se trata de elegir con cierta libertad las palabras que pones en funcionamiento, las palabras que echas a rodar y podrían en un descuido caer sobre ti y aplastarte. O sólo rozarte, lo suficiente, en cualquier caso, para mancharte el pantalón o el bolsillo de la chaqueta y fastidiar la tarde, la velada y quizás el sueño o los sueños que pudieras tener en la noche. La realidad, o lo que percibimos y nombramos como realidad tiene, en muchas ocasiones, el corazón negro y la voluntad torcida. Algo que te empuja al tedio, a la insoportable melancolía del suicida improbable. Pero lo peor de la realidad es que se abroga la tiránica facultad de cargar las palabras de sentido. De pronto se apoderan de tu cabeza las palabras más infames, las palabras que sólo pronunciarías en caso de extrema necesidad, comienzan a pasear por tus neurotransmisores como las únicas existentes. Y, como todos sabemos, no hace falta gran cosa para que esto suceda, cualquier menudencia existencial provoca el cataclismo, desde un cambio en el viento, hasta una mala digestión facultan a las isobaras del alma para encabritarse. Y una vez encabritada el alma todo comienza a ennegrecerse y las palabras innombrables parecen ser las únicas que existen.
Y no. No sólo no es cierto que sean las únicas, lo más probable es que además de ser una o dos entre millares posibles su significado en ese preciso momento raye la inexistencia. Las grandes y terribles palabras suelen esconder siempre, casi siempre, mayormente, una torpeza, una debilidad, un sarcasmo. Y lo peor de ellas, una vez pronunciadas, una vez escritas, es que no provocan la risa que sería razonable sino que, incansables, atraen tras de sí otras aún peores, más vacías y más sucias.
Por esa razón es muy recomendable recordar la variedad inabarcable de palabras, celebrar algún descubrimiento caprichoso e inútil, por ejemplo: aire. Y de él, que nos sostiene vivos, buscar la acepción menos petulante: fluido que forma la atmósfera. Por ejemplo. Claro que podría darnos un aire, y perder el aire o, lo que es mejor, escapársenos un aire, señal inequívoca de que el miedo o la simple depre comenzaba, felizmente, a ceder.
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