SÍ, OCUPA LUGAR
En el ejercicio de memoria y nostalgia que permite escribir sobre libros ya leídos por todos (esto es como una articulería de viejo, aunque, eso sí, de primera mano) sobreviene siempre el recuerdo de los lugares de lectura, de la misma manera que, en ocasiones, aquellos que somos nómadas por vocación o condición, hacemos recuento de las múltiples casas, habitaciones u hoteles en las que alguna vez estuvimos. Un ejercicio tan inútil como recurrente, con el que, quizás, conseguimos un autorretrato peatonal, una cierta idea consoladora de nosotros mismos.
El primer lugar en el que me recuerdo lector es (aún existe) el entonces enorme hueco interior de la ventana de la cocina de mi abuela Oliva. Allí, cubiertas las rodillas con un viejo chal e iluminado por la luz neblinosa que subía desde el corral memorizaba el Catecismo para la Primera Comunión que tendría lugar en primavera. Era un Catecismo sin santos, aburrido como una tarde con anginas. Escaso éxito, o escaso provecho, el de aquellas tardes, pues llegado el gran momento, interrogado por don José (llamado El Curón), mi memoria sufrió su primer gatillazo (luego se harían célebres, en todos los sentidos) y no supe responder a nada. Si los campesinos franceses enmudecían ante la fachada de la catedral de Chartres, yo sucumbí ante la refulgente y descomunal casulla de don José.
He acudido al diccionario para ver si la palabra chiscón aparecía, y aparece, aunque sólo te remite a otra: tabuco. Pues bien, un tabuco, una habitación pequeña y estrecha es el segundo lugar de mis experiencias lectoras. El chiscón de una portería. Un lugar diminuto detrás de una puerta con cortinillas en el que se concentraban todos los olores de un Madrid galdosiano, aunque estemos hablando de los años sesenta del siglo XX: humedad, la mezcolanza del aroma de todas las cocinas del edificio que bajaba por el patio, el perfume Gardenias de España de la Banochera, la del segundo izquierda. Todo ello fundido, adobado, pervertido (¿humanizado?), por el cisco que ardía bajo mis pies, en el brasero. En este lugar, esta garita más propicia a la muerte dulce que a cualquier aventura del espíritu, tuvieron lugar, sin embargo las apariciones. El primero en entrar fue Aladino y su lámpara maravillosa. Llegó de la mano temblona y enjoyada de La Bonachera y precedido, claro, por su perfume. Aquello ofendió mi dignidad pues se trataba de un cuento casi para bebés, troquelado según la figura de Aladino y su lámpara. Pero lo leí y lo guardé para poder cambiarlo en el puesto que tenía Pirulo por la calle Ibiza. ¿qué habrá sido de Pirulo? Lo cambié, abonando la diferencia, por Miguel Strogoff, en un ejemplar que había pasado por mil manos de mil niños del barrio. El heroico Miguel, la bella y noble Nadia, el traidor Ogareff, Nicolás, el lago Baikal, fueron territorio de mi imaginación, mis amigos, muchos días, pues recuerdo que Julio Verne (o su traductor) me obligaron a pedir prestado un diccionario a Daniel, el policía del quinto.
A aquel chiscón o tabuco fueron llegando Tom Sawyer, Huck Finn, Moby Dick, Los piratas de Malasia, Oliver Twist, la Flecha Negra, los Capitanes intrépidos, Gulliver... Siempre acompañados por Joe el sargento de Hazañas Bélicas y por el Capitán Trueno. Lugares de la lectura, viejos reductos de la intimidad, la malvada nostalgia. Ustedes disimulen: esto se haría más largo que una tarde de domingo.
El primer lugar en el que me recuerdo lector es (aún existe) el entonces enorme hueco interior de la ventana de la cocina de mi abuela Oliva. Allí, cubiertas las rodillas con un viejo chal e iluminado por la luz neblinosa que subía desde el corral memorizaba el Catecismo para la Primera Comunión que tendría lugar en primavera. Era un Catecismo sin santos, aburrido como una tarde con anginas. Escaso éxito, o escaso provecho, el de aquellas tardes, pues llegado el gran momento, interrogado por don José (llamado El Curón), mi memoria sufrió su primer gatillazo (luego se harían célebres, en todos los sentidos) y no supe responder a nada. Si los campesinos franceses enmudecían ante la fachada de la catedral de Chartres, yo sucumbí ante la refulgente y descomunal casulla de don José.
He acudido al diccionario para ver si la palabra chiscón aparecía, y aparece, aunque sólo te remite a otra: tabuco. Pues bien, un tabuco, una habitación pequeña y estrecha es el segundo lugar de mis experiencias lectoras. El chiscón de una portería. Un lugar diminuto detrás de una puerta con cortinillas en el que se concentraban todos los olores de un Madrid galdosiano, aunque estemos hablando de los años sesenta del siglo XX: humedad, la mezcolanza del aroma de todas las cocinas del edificio que bajaba por el patio, el perfume Gardenias de España de la Banochera, la del segundo izquierda. Todo ello fundido, adobado, pervertido (¿humanizado?), por el cisco que ardía bajo mis pies, en el brasero. En este lugar, esta garita más propicia a la muerte dulce que a cualquier aventura del espíritu, tuvieron lugar, sin embargo las apariciones. El primero en entrar fue Aladino y su lámpara maravillosa. Llegó de la mano temblona y enjoyada de La Bonachera y precedido, claro, por su perfume. Aquello ofendió mi dignidad pues se trataba de un cuento casi para bebés, troquelado según la figura de Aladino y su lámpara. Pero lo leí y lo guardé para poder cambiarlo en el puesto que tenía Pirulo por la calle Ibiza. ¿qué habrá sido de Pirulo? Lo cambié, abonando la diferencia, por Miguel Strogoff, en un ejemplar que había pasado por mil manos de mil niños del barrio. El heroico Miguel, la bella y noble Nadia, el traidor Ogareff, Nicolás, el lago Baikal, fueron territorio de mi imaginación, mis amigos, muchos días, pues recuerdo que Julio Verne (o su traductor) me obligaron a pedir prestado un diccionario a Daniel, el policía del quinto.
A aquel chiscón o tabuco fueron llegando Tom Sawyer, Huck Finn, Moby Dick, Los piratas de Malasia, Oliver Twist, la Flecha Negra, los Capitanes intrépidos, Gulliver... Siempre acompañados por Joe el sargento de Hazañas Bélicas y por el Capitán Trueno. Lugares de la lectura, viejos reductos de la intimidad, la malvada nostalgia. Ustedes disimulen: esto se haría más largo que una tarde de domingo.
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