MÚSICA DE LOBO
Ser diferente no es exactamente lo mismo que ser original, sino más bien lo contrario. Ser diferente es caro en cualquiera de los ordenes de la vida, ser original -es decir, cambiar el punto de vista para seguir diciendo lo mismo- suele estar bien visto, aplaudido y hasta retribuido en diferentes especies.
Carlos Edmundo de Ory, un poeta mayor de nuestro medio siglo, gaditano de Madrid, español de Francia, fue desde sus comienzos diferente. En aquellos años de inmediata postguerra había que exhibir (herencia aún no agotada de las vanguardias) un rótulo bajo el que cobijarse. Ory inventó en 1945, junto a su amigo Eduardo Chicharro, el Postismo. Pero su obra no se reduce a un nombre. Entreverado de Dadá y bajo la sombra tutelar de Antonin Artaud, más que cercano a la escolástica del surrealismo, el Postismo fue un mascarón con el que irrumpir en la poesía española, pero no define la ya caudalosa y variada producción de Ory. Más bien, a esta distancia en el tiempo, la oculta.
De herencia romántica, la poesía de Ory oscila entre la confianza absoluta en la inspiración, en el abandono, y la necesidad de convertir el dolor en luz. La necesidad de salvar el dolor. Después, porque el irracionalismo nunca es absoluto, de aquel abandono y aquella necesidad nace el juego. Un juego sabio que, sin embargo, no siempre salva el poema y que se vierte con mayor acierto en los numerosos aforismos que el poeta recoge bajo el nombre de Aerolitos.
Erótico, visionario, y tierno como nunca se escribió la ternura en su tiempo, Ory se ofrece a los lectores, por fin, en una antología que no hay que perseguir por los rincones (Música de lobo (1941-2001,) Círculo de Lectores, 2003), realizada bajo el cuidado del poeta Jaume Pont. Tiene, así, este poeta esencial una segunda oportunidad de llegar a un público amplio, después de la ya lejana Poesía (1945-1969) prologada por Félix Grande en 1970.
La diferencia se elige. No cabe, por tanto, llamarse a engaños. Si Ory fue y es provocador, si sus coetáneos extendieron sobre él el silencio, si su exótico recorrido por la tradición tardó en entenderse; todo, absolutamente todo, estaba incluido como precio del pasaje. También lo irregular del recorrido. Quedan poemas memorables.
Carlos Edmundo de Ory, un poeta mayor de nuestro medio siglo, gaditano de Madrid, español de Francia, fue desde sus comienzos diferente. En aquellos años de inmediata postguerra había que exhibir (herencia aún no agotada de las vanguardias) un rótulo bajo el que cobijarse. Ory inventó en 1945, junto a su amigo Eduardo Chicharro, el Postismo. Pero su obra no se reduce a un nombre. Entreverado de Dadá y bajo la sombra tutelar de Antonin Artaud, más que cercano a la escolástica del surrealismo, el Postismo fue un mascarón con el que irrumpir en la poesía española, pero no define la ya caudalosa y variada producción de Ory. Más bien, a esta distancia en el tiempo, la oculta.
De herencia romántica, la poesía de Ory oscila entre la confianza absoluta en la inspiración, en el abandono, y la necesidad de convertir el dolor en luz. La necesidad de salvar el dolor. Después, porque el irracionalismo nunca es absoluto, de aquel abandono y aquella necesidad nace el juego. Un juego sabio que, sin embargo, no siempre salva el poema y que se vierte con mayor acierto en los numerosos aforismos que el poeta recoge bajo el nombre de Aerolitos.
Erótico, visionario, y tierno como nunca se escribió la ternura en su tiempo, Ory se ofrece a los lectores, por fin, en una antología que no hay que perseguir por los rincones (Música de lobo (1941-2001,) Círculo de Lectores, 2003), realizada bajo el cuidado del poeta Jaume Pont. Tiene, así, este poeta esencial una segunda oportunidad de llegar a un público amplio, después de la ya lejana Poesía (1945-1969) prologada por Félix Grande en 1970.
La diferencia se elige. No cabe, por tanto, llamarse a engaños. Si Ory fue y es provocador, si sus coetáneos extendieron sobre él el silencio, si su exótico recorrido por la tradición tardó en entenderse; todo, absolutamente todo, estaba incluido como precio del pasaje. También lo irregular del recorrido. Quedan poemas memorables.
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