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La Rubiera

QUISIERA SER COMO EL AIRE

QUISIERA SER COMO EL AIRE



Dicen las últimas ocurrencias de la neurociencia que el olfato es, de los cinco sentidos, el que más luces enciende en esa especie de Feria de Abril en permanente inauguración que es el cerebro humano.Que le gana de largo al gusto (algo perezoso y elemental, afirman) y sólo se deja amedrentar, en ocasiones, por el tacto. La vista resulta poco fiable y el oido, es obvio, se deja comprar a precio de politono.
Debe de ser cierto lo del olfato, no porque lo afirmen los neurocientíficos que, dicho entre nosotros, han avanzado bastante desde que dejaron de fiar en las quimeras y aplicaron el sentido común, sino  porque ya los antiguos le tenían gran ley a la nariz y a ella encomendaban las decisiones más importantes. Por ejemplo, Tiresias que fue ciego y hombre, mujer, y otra vez hombre, fiaba su capacidad de oráculo en su nariz y acertó siempre, incluso en el peliagudo caso de Narciso, al que predijo el mal fin si osaba escrutarse con deleite. Y se escrutó.
De Narciso pasamos a la puritita actualidad, porque no están los tiempos para devaneos y sobre la primacía del olfato podemos sacar algunas conclusiones pertinentes. Si en el olfato reside la mayor parte de nuestra memoria y a la memoria fiamos nuestras decisiones, por el olfato somos casi tan manipulables como por el sexo. Y además sexo y olfato van de la mano, incluso excesivamente. Por tanto, ¿a qué obedece la oficialísima campaña contra el hábito de fumar? A que un miembro de nuestra sociedad con la pituitaria obstruida por dos paquetes de cigarrillos al día es menos manipulable que otro con la nariz impoluta. ¿Conspiranoico? ¿Buscador infatigable de señales extraterrestres? No. El olfato es en sociedades más avanzadas que la nuestra (recien salida del ajo) un argumento de venta: las compañías buscan no ya la identidad corporativa (que tiene algo de exudado) sino la identidad olfativa. Verizon Wireless: chocolate. Sony: mandarina y vainilla. Los hoteles Westin: té verde, cedro, geranio o fresa, según el cliente y la habitación. Por tanto, cuando entremos en un local donde diga „Oxígeno“ (Prohibido fumar, claro) tendremos que pensar: oxígeno no, chocolate. Y a comprar.
Bendito el día en el que el perfume se usaba para camuflar malos olores como el del tabaco o para paliar la falta de agua en las palanganas. Cuando se usaba para engañar y sólo se engañaba, claro, el que quería. Porque la nariz no miente.
Los ángeles, aunque deberían, no existen. Pero el hombre, que es un misterio fuera del alcance de sí mismo, ha inventado algunas metáforas que se les parecen. Y sobre el perfume, sobre el no perfume, recuerdo una copla flamenca impagable:

Quisiera ser como el aire
p’a yo tenerte a mi vera
sin que lo notara naide
  

DE PIE SÓLO COMEN LOS CABALLOS

DE PIE SÓLO COMEN LOS CABALLOS


En ocasiones la vida te depara la saludable y rara sensación de que el sentido común y su mejor aliado, una expresión verbal o escrita sencilla y directa, no han desaparecido del planeta. En una entrevista que el tan incansable como estimulante Juan Cruz le realizaba al actual director de la Feria del Libro de Madrid, Teo Sacristán, éste afirmaba que su abuelo solía decir que “trabajar, lo que se dice trabajar, es cavar zanjas”. Lo demás le parecían entretenimientos al honesto proletario. Y no le faltaba razón, ni le falta hoy cuando, imagino, ya no está entre los vivos, pero es recordado por su nieto con emoción y confianza.
Es importante que los recuerdos inspiren confianza. Creo que es lo más importante de los recuerdos. Todos tenemos múltiples, miles de recuerdos, pero, ¿cuántos de ellos nos nutren como si fueran pan recién horneado? ¿Cómo si fueran palabras que un amigo nos acaba de decir desde su corazón? Pocos, algunos quizás. Y son como tesoros que siempre volvemos a encontrar.
Cada año aparece un número de esta revista dedicado a la gastronomía y cada año, me plantea un problema. ¿De qué puedo escribir que, aún remotamente, se acerque a ese tema?  Siempre me salvan los recuerdos, el pan caliente de los recuerdos. Cuando era un campesino adolescente solía ir a las tierras de labor con mi abuelo José a sallar patatas o plantarlas, a sembrar centeno o a recogerlo; a cualquiera de las labores que él llamaba de día completo. A la una en punto, indefectiblemente, aparecía mi abuela Oliva con su cesta de mimbre con la comida, el vino y una botella vacía para que yo buscara agua fresca en la fuente Las llamas. Buscábamos una sombra, ella tendía un pequeño mantel a cuadros rojos, y a comer. Si por casualidad se me ocurría llevarme a la boca un bocado estando de pie, y no digamos caminando, Oliva me miraba de arriba abajo muy seria y como si se dirigiera a otro decía: “de pie sólo comen los caballos”. Y había que sentarse.
La frase, este recuerdo como pan recién horneado, me salvó años más tarde de mi timidez en los cientos de presentaciones, actos y celebraciones  en los que, también indefectiblemente, sirven canapés a los que, para mí, es una “ofensa” acercarse. Mientras  observo codazos por alcanzar un canapé de tortilla o de cangrejo, escucho una voz muy lejana: “de pie sólo comen los caballos”. Y sonrío porque, de beber, no dice nada.

OLINDA

OLINDA

 

Hay dos cosas que nunca entenderé del todo. Quiero decir, entre las que me importan, porque las cosas que entiendo o me importa entender son pocas. Hay dos cosas que en estos días han llamado con insistencia a la puerta de mis ocupaciones, y por eso escribo sobre ellas. Una es ¿por qué un libro tiene éxito? Un éxito grande, de esos que generan pirámides de ejemplares en El Corte Inglés durante meses, como los de Arturo Pérez Reverte o Paulo Coelho, y que entrevisten al autor en los programas de la tele que generalmente se ocupan de otros asuntos. Y de antemano (no me lean los labios, créanselo), NO TENGO nada contra ninguno de los dos. Sobre todo nada contra Reverte que, por lo que opina y como, en sus artículos, tiene pinta de paisano bragado y que va de cara, cuestión que me parece primordial antes, después y durante los talentos con los que cada uno se gane la vida.

 

Esta pregunta veraniega me asaltó reiteradamente leyendo una gran novela. Como decíamos o decimos los antiguos y no excesivamente académicos, un gran libro. Y mira que me viene mal la palabreja. Los libros arden mal es un texto apasionante escrito con la maestría habitual de Manuel Rivas, uno de los narradores que mejor maneja la difícil relación entre emoción y distancia o, lo que es lo mismo, entre las cosas que se pueden ver y aquellas que sólo existen como lectura de lo que vemos. El libro ha sido un éxito, sin duda, un éxito de crítica –por las que yo leí- y probablemente un éxito de venta en relación a los estándares del género. Pero eso es justamente lo que me hace preguntarme por las razones del éxito de escándalo. Pienso que la novela debía de haber armado el taco. Y no armó el taco. ¿Por qué? No me lo explico. Y tampoco me conformo con explicaciones sociológicas, del tipo gran literatura y otras lindezas, en las que yo y los que piensen como yo salgamos bien parados. La obra, una historia de la ciudad de A Coruña en los días de la guerra civil, es la construcción de un universo, sí, pero un universo de personajes tan próximos, tan reales y al mismo tiempo tan mágicos, que debieran de seducir a miles, a millones de lectores. Cuando concluí de leerla en español sentí la necesidad de hacerlo en gallego y el placer, pese a pequeñas dificultades con el idioma por la falta de una práctica habitual, creció.

 

No tengo respuestas para explicar que Los libros arden mal no haya sido un éxito comparable al que el mismo escritor tuvo con Qué me quieres amor, antes de la versión cinematográfica del cuento La lengua de las mariposas, por ejemplo, cuando es, en mi opinión, éste un libro superior en muchos aspectos.

 

Así mi perplejidad queda donde estaba y pienso que estará hasta el fin de los tiempos. Un consuelo vicario reside en saber que La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa (más novela, por más ficción, que Conversaciones en la catedral) pasó por el mismo purgatorio. Pero, como diría Polca, uno de los personajes de Los libros arden mal, todo puede ser que el libro o la situación tengan o no tengan Olinda. Polca habla de las cerillas y explica que a todos sus componentes químicos podría añadir Olinda. ¿Y qué es Olinda? : “Un componente especial que tienen algunas cerillas. Las que encienden a la primera, tienen Olinda”. Pues eso.

 

Hay dos cosas que nunca entenderé del todo. Ya les conté una. La otra tendrá que esperar al próximo artículo, pues ya saben ustedes que uno de los secretos de la supervivencia es la correcta administración de la ignorancia. La propia, por supuesto.

¿La India?

¿La India?

 

 

 

La otra tarde Zuli me envió un e-mail en el que decía: “Se me olvidó deciros que la revista estará dedicada a la India, por si queréis escribir sobre algo relacionado”. Algo así, pensé, como escribir sobre “algo relacionado” con el universo, pero el universo es infinito (lo que tiene sus ventajas a la hora de divagar), mientras que la India tiene fronteras inmensas y una historia casi tan infinita como el universo. La divagación sobre lo que existe o existió no es mi género. Así que, pasmado y un punto cínico, comencé a repasar mis escasos conocimientos sobre el cósmico asunto, con escaso éxito: El príncipe Gautama, Hermann Hesse, Ghandi, Salvador Pániker, textos de los Upanisads, Tagore, Ramiro Calle, dos o tres gurús cuyo nombre soy incapaz de transcribir, la novela de E. M. Foster y… poco más, si exceptuamos la actualidad más o menos reciente. Pero la actualidad sólo les da para escribir a los anglosajones, a los latinos nos sirve sólo para cargarnos de razón o insultar al vecino.

En estas, ya en la noche, vuelvo a abrir mi cuenta de correo y se produce un pequeño milagro. Mi amigo, Miguel Ángel Bernat, me ha enviado una carta con tres pequeños poemas. Uno de ellos dice: No he tenido un hijo / no he escrito un libro/ mi legado son las cosas / que he mirado con piedad.

De repente me doy cuenta de que estos cinco versos, que son una humildísima declaración de principios, una limpia proclamación del amor y un perfecto epitafio, exaltan aquellos conocimientos que yo quisiera tener (poseer, practicar, haber sabido defender) de la India. La India es todo lo que hemos visto y leído sobre ella, todo lo que nos han contado, desde los cuentos tradicionales hasta los romances de Bollywood, desde una potencia en investigación e informática, hasta la pobreza de Calcuta o la violencia de Cachemira. Pero, sobre todo, la India es, al menos lo fue para una generación, el símbolo, la patria, de lo que hubiéramos querido ser. El lugar al que quisiéramos haber llegado. Aunque probablemente no sea de este mundo. 

 

La Venus de Cranach

La Venus de Cranach



La decisión de retirar de las paredes del metro londinense un cartel que anunciaba la exposición de Lucas Cranach el Viejo, en la Royal Academy, es un hecho que puede entenderse desde el punto de vista de la seguridad ciudadana, siempre y cuando admitamos, de antemano, que estamos siendo derrotados por ideologías sin Ilustración con las que compartimos piso.
Espero que la muchacha pintada por el amigo de Lutero, coetáneo y competidor de Durero y detentador del monopolio de edición de la Biblia, pueda exhibirse sin velos, ni sobresaltos, tras las vetustas paredes de la Royal Academy. La nota de disculpa: “Millones de personas viajan diariamente en metro y no tienen más remedio que ver la publicidad allí colocada. Debemos tener en cuenta a todos los viajeros y procurar no ofender a nadie”, emitida por Transport for London, es un monumento a la estulticia y la hipocresía.
Si tenemos que ocultar nuestras obras de arte, ¿qué deberemos hacer con nuestros actos, palabras y gestos más cotidianos? ¿Reducirlos al ámbito privado? ¿Ocultarlos de nuevo bajo el santo temor de Dios? Sobre este asunto cualquier discurso se antoja un dislate y corre peligro de serlo.
La muchacha que, con la disculpa de representar a Venus, pintó Cranach, tiene una expresión que no mueve a lascivia. Su cuerpo, realizado sin duda a partir de muchos vistos fugazmente, tampoco. Es bella, sí, justamente porque muestra, representa, ejemplifica el deseo de descubrir, de mostrar a una mujer. De decir que existe, que es como es. La gasa transparente que cuelga entre sus manos y cela el sexo no es un velo, sino justamente lo contrario: la luz con la que el ser humano comparte, cautamente, a lo nuevo. Una candela, una vela.

El “metro” es una gazapera excesivamente expuesta, es cierto. Cualquier enfermo ideológico (nótese el brío elusivo) puede causar una tragedia con el mínimo esfuerzo. Pero el “metro” existe porque una sociedad se considera capaz de convivir en sus circunstancias y considera que, mayoritariamente, sus ciudadanos se respetarán en ellas. Las grandes ciudades sobreviven gracias a este código no escrito. Prohibir la exhibición de una “Venus” del s. XIV, es una manera no sólo de violarlo, sino de abolirlo.






GASTRONOSUYA

GASTRONOSUYA

 

Soy consciente que la credibilidad de estas viñetas de letras es muy escasa, pero cuando por una vez, abordan el tema gastronómico, la escasez roza la carencia. Por eso les hablaré, ya sé que no lo esperaban, de un libro. Pero les hablaré de él no para alabarlo, denostarlo o dejarlo al bies. Les hablaré para mostrarles las sorpresas que depara la ignorancia. La ambiciosa obra se titula, 3.000 años de cocina española (Espasa) y ha sido escrita (recetada y anotada), por las intrépidas Rosa Tovar y Monique Fuller, secundadas en la empresa por un nutrido grupo de amigos que encabeza Jaime Siles, no sé si el poeta o el gourmet, o ambos en el mismo alambique.

3.000 años de cocina son muchos años, pero 3.000 años de española, son demasiados.

¡Qué me van a contar a mí de licencias poéticas! Pero, tres mil años de española, son simplemente mentira, una mentira, eso sí, inofensiva. Pero luego, vienen los abertzales   y no hay quien les quite su puntito de razón. Y eso tampoco, oiga, porque la razón requiere un mínimo sentido del humor.

 Española o no, la relación comienza en la España primitiva, aquella que, sorpresa, ya comía berzas, ajo, tocino y truchas, además de una muy lírica sopa de tomillo. Naturalmente, los asturianos de entonces ya mezclaban la trucha y el tocino, demostrando que lo suyo, es decir, lo mío, ha sido siempre la nostalgia del cerdo. Así nos va.

 Avanza el libro hacia Roma y nos topamos de bruces con el pulpo de León, cefalópodo y octópodo (animal esdrújulo, donde los haya), que llegaba desde sus simas oceánicas hasta los recónditos valles de Villablino para saciar el hambre de la Legio Gémina VII, quien, a su vez, protegía con esmero el oro de Babia. No se sabe mucho de visigodos y bizantinos, respecto de sus gustos, pero sí que inventaron las croquetas, lo que sin embargo, parece más que suficiente para convertirlos en el auténtico filón de la novela histórica contemporánea, género que, efectivamente, parece en la actualidad servirse por raciones.

Que judíos y árabes tenían una mayor tendencia vegetariana  es cosa sabida, pero que de los primeros heredamos los huevos duros (y por tanto, Una noche en la ópera) y de los segundos el arroz con leche, a lo mejor fastidia a más de un partidario de don Pelayo. ¡Que los hay! De la época cristiana destacaría "los soldaditos de Pavía” y, naturalmente, las “yemas de Santa Teresa”. Claro que las, o los  “Atascaburras”, son algo muy nuestro, aunque no sé sin tan pío.

 Llega luego América y le da la vuelta a todo como a un calcetín. Y de aquello, de aquel momento sublime de la historia y de la raza: la tortilla de patata. Y si quieren mestizaje, con cebolla. Magnífico el libro de Rosa y de Monique, a quienes agradezco el favor que me han hecho en este trance. A cambio, les regalo una idea: propongan su obra como opción alternativa a Educación para la ciudadanía, muchos podrían salir favorecidos y acaso salvos.

 

 

 

 

 

 

 

Hay bragas para comer

Hay bragas para comer

¿Se acuerdan ustedes de la efímera moda literaria que en los primeros años ochenta se denominó “realismo sucio”? La expresión había nacido algo antes en Estados Unidos para designar, con bastante más exactitud que a sus imitadores, la narrativa y la poesía de Bukowski, aunque después alcanzó rango de etiqueta aplicada a una generación algo más joven, la de Raymond Carver, que gracias al siempre atento al exterior y, a veces, impagable catálogo de Anagrama, llegó a nosotros con notable presteza. En fin, algo que fue una moda que pasó para volver en cualquier momento, pues las etiquetas de la posmodernidad  no pasan a la historia sino a un stock de obras que administran gurús y mediopensionistas de la cultura, y del que, según la temporada extraen las más convenientes.

 Todo esto no viene a cuento de Bukowski al que no leo hace tiempo y de quien siempre recomiendo su poesía (Poemas de la última noche, DVD, 2004), sino por la pesadez de un amigo (la amistad es una paradoja, casi siempre) que se empecina en repetir que la vida española se ha convertido en “realismo sucio”. Y eso no. Es lo que tienen las etiquetas mal asimiladas, que sirven para cualquier cosa. Hay que reconocer que “realismo sucio”, además de ser una encubierta redundancia, posee un amplísimo campo significante. Que los señores diputados del Congreso se enfrentan como verduleras: realismo sucio. Que una madre insulta a su hija en televisión: realismo sucio. Que en un programa de máxima audiencia se airean las lujurias de una hasta ayer inmarcesible mito de la canción o la aristocracia: realismo sucio. Que una histórica institución política financie y exhiba un video digno de un tonto del bote: realismo sucio. ¿Para qué seguir?

 Pues no. Nada de realismo sucio. En primer lugar nada de realismo y en segundo, nada de sucio. Ciertos sectores de la vida española muy ruidosos por su proximidad a los medios de comunicación cuando no producto de ellos mismos, son ignorantes, ruines, avariciosos y aviesos (por no decir malvados, que tiene resonancias apocalípticas). Pero no son, en absoluto, realistas.

 Roberto Arlt, cuando quisieron calificar a sus cuadros como surrealistas, replicó lo siguiente: “no soy surrealista, soy realista del Sur”. Y tenía razón. En el sur y España es el sur-sur de Europa, el realismo se da mal, le crece rápidamente la hojarasca verbal o se le sube la color (aunque sea el negro) y se transforma en un disparate o en una genialidad, en todo caso por debajo o sobre el realismo, pero nunca en él.

 En cuanto a la suciedad, pues tampoco. En la octava potencia económica del mundo nos lavamos bastante y vestimos considerablemente bien. El noventa por ciento de los aludidos en este artículo (lamento no disponer de teléfono para que intervengan) gasta ropa de marca y accesorios de lujo. El realismo vital y literario en España (convéncete, José Manuel) se da sólo en ambientes muy populares y generalmente unido al ramo del comercio minorista. Rótulos de grafía imprecisa pero significado indudable: “Hay pan”. “Se hacen bocadillos”. Hasta aquí llegamos y poco más. En cuanto intentamos describir el pan o describir el contenido de los bocadillos, transformamos el texto en un disparate o en una genialidad, pero el realismo se esfuma. Aunque el otro día, en uno de esos tabucos del Metro que quieren ser tiendas, descubrí una pieza impecable: “Hay bragas para comer”.

FUMAR PUEDE MATAR

FUMAR PUEDE MATAR


A José Manuel Suárez, que no fuma, pero anda a cuerpo.

La cosa fue así: me había quedado sin cigarrillos y lo desapacible del tiempo hacía penoso bajar a la calle, abandonar el ordenador, a Schubert que sonaba en sus canciones y el texto que estaba escribiendo, algo sobre un escritor que quería desaparecer (Doctor Pasavento, Vila-Matas, Walser, claro); pero finalmente miré hacia el patio, no llovía, al menos no como antes y decidí salir sin tan siquiera ponerme la chaqueta.

El estanco está a diez pasos de mi portal y el viaje de ida y vuelta no llegaría a los cinco minutos y eso gastando, al menos dos, en averiguar que tipo de melancolía tendría hoy abatido a Carmelo, el estanquero que desmiente todos los tópicos del gremio: detesta vender, tiene las existencias mínimas y normalmente está muy enfadado con el mundo.

Hacía un frío del carajo la vela, así que apresuré el paso hasta el lóbrego chiscón.

Carmelo me miró con expresión bovina, sin decir palabra. Al cobrarme se obstinó, aún a disgusto, en cambiar veinte euros por no fiarme los cinco céntimos que me faltaban en monedas.

Salí apresuradamente, mosqueado por su ruindad de mal vecino, con el tabaco y el cambio en la mano esquivando los goterones que caían desde los tejados.

En ese momento, cuando ya doblaba la esquina, unos bocinazos me hicieron volverme. Un tipo desde un todo terreno me hacía gestos para que me detuviera. Yo no le reconocía, de nada

¿Qué querrá este orate?, pensé, mientras el agua del toldo de la cafetería (que me estaba esperando, seguro) cayó sobre mi cuero cabelludo como caen los porrazos sobre los tambores de Calanda.

Ante mi asombro, el orate aparcó de mala manera en plena esquina y vino hacia mí sonriente y agitando los brazos.

No tuve tiempo ni de preguntar ¿qué pasa?

Se le han caído diez euros en la puerta del estanco, me dijo.

Efectivamente, allí sobre la acera mojada estaban los diez euros hechos un guiñapo. Los cogió y me los entregó sonriendo.

Antes de que pase algún cabrón y se los quede, aclaró.

Mi asombro se transformó en pasmo. Acerté a darle las gracias mientras desaparecía como llegó corriendo hacia su coche.

Me quedé mirándolo mientras se difuminaba hasta perderlo de vista ya al final de Mejía Lequerica, olvidado de la lluvia que había vuelto a arreciar y me estaba calando.

Ahora, de vuelta a mi cubil, donde escribo esta historia minúscula, el paquete de Pall Mall me amenaza en negro sobre blanco (más exactamente, en Arial negrita cuerpo 16): Fumar puede matar.

Pero algo me dice que no es cierto, la que mata es la vida. He pillado un resfriado en condiciones.

La que mata es la vida, por su tacañería o por su generosidad. Por cinco céntimos o por diez euros.

Aunque, generalmente, lo que mata de verdad es no ponerse la chaqueta.

Cualquier chaqueta.

LA ELECCIÓN DE LA BARBARIE

LA ELECCIÓN DE LA BARBARIE

No sé por qué me despertaba muy temprano en el apartamento frente a la playa de Bolonia (Cádiz) un lugar donde todo es modesto salvo la playa misma y las ruinas de Baelo Claudia que hablan con la grandiosidad de los sueños y la serenidad de los siglos. Serenidad que, como todos sabemos, sólo afecta a las piedras y que el hombre percibe como un aroma de la muerte extrañamente tonificante, aunque efímero. A primera hora, antes de que el sol apareciera entre la calima, leía alguno de los libros que todos llevamos de vacaciones y entre ellos, "La elección de la barbarie" (Tusquets, 2002) de José María Ridao, que vino a otorgarle para mí, sin advertencia previa, una dimensión distinta al lugar elegido por los romanizados próceres de Cádiz, ciudadanos entonces de otro imperio, para poner en salazón a los atunes o tomar los baños.
Cuenta Ridao, con la inteligencia en libertad que ya mostró en "Contra la historia" y "La desilusión permanente", que occidente toma, de nuevo, frente a los movimientos migratorios la elección de la barbarie al convertir conceptos como civilización o cultura en justificaciones de la acción política, de la misma manera que hace sólo medio siglo se hizo con los de raza o proletariado. Particularmente útil su crítica a los que denomina “nuevos utopistas”, aquellos para los que la idea de globalización describe un futuro indudable (en el mismo sentido que lo fueron la sociedad sin clases o el Reich de los mil años) hacia el que se mueve el mundo de manera imparable y por el que se justifica, o debe asumirse, cualquier injusticia presente. Como es lógico la demonización del Islam y por extensión de todo el mundo árabe ocupa gran parte del discurso.
Ocupado en las ideas bien expresadas y mejor hiladas del libro salía con los primeros rayos de sol a dar un paseo egoísta por la playa, sólo habitada entonces por algunos pescadores cuya única utopía consiste en que una dorada tense su sedal y les procure disculpa de haber abandonado la cama como amantes furtivos. Digo egoísta porque además de salud, belleza, serenidad, soledad y paz, los andarines a deshora buscamos por las playas cualquier cosa, piedras de colores, conchas, y hablamos con el mar como si el mar tuviera alguna obligación de escucharnos. Y en esta ocasión era el mar el que hablaba con un lenguaje explícito y escasamente amable: en su cielo un helicóptero de la Guardia Civil iba y venía entre las brumas del Estrecho y la aún escasa claridad de la costa en previsión de que la desolación se estuviera acercando más de lo deseable. Envuelto en el zumbido metálico el andarín avanza hacia los acantilados donde le espera un pequeño bunker de cemento hoy abandonado y que la civilizada sociedad española ha rellenado con bolsas de basura que asoman como cabezas de encapuchados por el hueco donde alguna vez asomó un mauser y la perruna melancolía de un muchacho que hacía la mili. Más allá, reventados, los restos de dos pateras neumáticas golpean contra las rocas al ritmo cansino de las olas como indicando la dirección de la huida hacia la cima del pequeño promontorio de suelo arenisco tupido de pinos rastreros. De las ramas cuelgan restos de camisas quizás colgadas a secar y que no hubo tiempo de recoger después. Botas gastadas, plásticos, y arrugadas cajetillas de tabaco completan la decoración de lo que el andarín veía desde su apartamento como una lengua esmeralda que lamía los párpados turquesa del mar.
De regreso, cuando ya los primeros bañistas plantan sus sombrillas en primera línea de espuma con ardor de propietarios, traigo conmigo una pequeña caracola que le entrego a Juan quien inmediatamente se la lleva a la oreja y sonríe. Menos mal que el mar sabe muy bien lo que tiene que contar en cada caso.



La elección de la barbarie

PAZ, como apellido

Existen demasiados motivos para escribir esta palabra. Quizás el monosílabo más repetido en el corazón de la gente en todo el mundo, aunque sólo sea, no seamos hipócritas, para su negación. Sin embargo la palabra se acerca a esta página por distinta causa. Viene en calidad de apellido traída por el agradecimiento de lector y sólo para el recuerdo. Octavio Paz hubiera cumplido en el mes de abril noventa años. Se marchó de este mundo a los ochenta y cuatro dejando tras de sí una obra central a la cultura hispánica del siglo XX.
Recordarle como lector es también un homenaje al significado universal del sustantivo que le nombra. Pocos instantes como el de la lectura ejemplifican mejor el significado de la palabra paz. Y escasos actos, como el de leer, pueden conducir con más naturalidad hacia ella.
Del autor de Los hijos del limo y Pasado en claro, se suele alabar la extensión y diversidad de su obra, el interés permanente que demostró por conocer e interpretar (traducir) otras culturas, otros ámbitos de la emoción y el conocimiento y, cómo no, la hondura y modernidad de su obra poética. Con ser ciertos cada uno de los enunciados se me antojan, en este instante, insuficientes. La sensación de orfandad que produjo su muerte no se explica sólo por lo que Octavio Paz había escrito, que afortunadamente sigue ahí, tan vivo como cuando salió de la imprenta, ni por lo que hubiera podido escribir que pertenece al mundo de la especulación. Quizás sea necesario admitir que echamos de menos un talante y un talento crítico, una manera de estar en el mundo de las ideas y en el mundo mucho más farragoso y enfangado de los actos. Desde la raíz de México que es un continente de la cultura hispánica y asumiendo, es decir, reconociendo, todas sus contradicciones y limitaciones, Octavio Paz integró nuestra cultura en el torrente crítico de la cultura moderna. Con su obra sí, pero también con sus actos políticos, con sus gestos cívicos. El siglo XX fue de los más siniestros de la historia del hombre, pero de su barbarie surgió una clase de hombres —que no ángeles— especial, aquellos que supieron atravesarlo sin permitir que claudicase su capacidad crítica. Entre ellos, y desde nuestra orilla, estuvo Octavio Paz.
Por otra parte, quizás su herencia, ese talento crítico, sea la única garantía de que en algún momento, la paz sea posible.

LITERATURA

La esperanza es una vieja ramera que agota hasta la extenuación el último de sus encantos. Ser viejo es vivir de la esperanza. Sé que soy viejo desde el día en el que encontré algún encanto en el cuello raído de una camisa, en una arruga que creció justo en la linde de unos labios que hacían emerger, como un volcán, la avaricia de morder. Cuando joven ese encanto, aquella arruga, eran un destino; hablaban de algo muy lejano. Hoy sólo valen por lo que cuentan.

G.K. CHESTERTON

AUTOBIOGRAFÍA

“No logro dejar de pensar que eso que llamamos estilo tiene algo que ver con la dignidad”. Algo así, aunque no está citado literalmente, viene a decir G. K. Chesterton en su Autobiografía recientemente publicada por El Acantilado. La frase, y más que la frase su sentido, no ha dejado de acompañarme en los últimos días. Viniendo a cuento o no la recordaba, muchas veces traída por situaciones que nada tenían que ver con la literatura, más bien lo contrario, si es que ese contrario existe. La frase perdida entre otras ocurrencias, ocultaciones y sarcasmos del genial londinense (y aquí el topónimo es intencionadamente diferenciador del más genérico británico) me atrapó porque venía a acompañarme en un asunto para mí crucial: la identidad entre voluntad y creación, y sobre todo la necesaria identidad entre voluntad y recreación. Me explico: a un creador nadie le pide su trabajo. A un recreador sí. La recreación, que en literatura se llama traducción, suele ser un encargo, tantas veces mediocremente retribuido, y en él es imprescindible poner toda la voluntad de estilo, es decir toda la dignidad en juego. No es sencillo traducir de ninguna lengua, ni ningún texto. Siempre es complicado y en ocasiones imposible, pero el nivel de mediocridad al que la masiva producción de títulos está haciendo llegar a la industria editorial en este apartado, se está haciendo insostenible. Hasta el punto que no estaría mal la creación de un tribunal de traductores, una especie de cárcel de papel, como la que propuso La Codorniz en otros tiempos, para internar a los infractores.
Un libro mal traducido es peor que la peor de las censuras, peor que no leer, peor que no haber leído nunca. La mala traducción no sólo no da noticia del original sino que además suele hacer un uso estúpido de la propia lengua. El original si es bueno y por tanto digno de ser recreado, siempre existirá en su bondad original, pero lo mismo ocurrirá, por desgracia, con su versión mediocre, sobre la que habrán de pasar muchos años para que alguien la mejore, si es que eso llega a ocurrir alguna vez.
Leer te da más, pero no siempre. Y es posible que leer de menos muchas veces. No nos asustemos por la cantidad ingente de libros que nunca vamos a leer, hagámoslo por aquellos que creemos haber leído y no eran tales. Esta diatriba contra el traductor irresponsable y el editor sin grandes escrúpulos viene a cuento de recomendarles, muy efusivamente, la Autobiografía de G. K. Chesterton, pero también cualquier otro libro que haya sido traducido por Olivia de Miguel, como es el caso.
Como el genio paradójico que escribió El hombre que fue jueves no vería con demasiado entusiasmo el ardor justiciero de este artículo, concluyamos con un proverbio inglés que, probablemente, fuera más de su agrado: “cuando señales con el dedo recuerda que otros tres apuntan hacia ti”. En fin.

MÚSICA DE LOBO

Ser diferente no es exactamente lo mismo que ser original, sino más bien lo contrario. Ser diferente es caro en cualquiera de los ordenes de la vida, ser original -es decir, cambiar el punto de vista para seguir diciendo lo mismo- suele estar bien visto, aplaudido y hasta retribuido en diferentes especies.

Carlos Edmundo de Ory, un poeta mayor de nuestro medio siglo, gaditano de Madrid, español de Francia, fue desde sus comienzos diferente. En aquellos años de inmediata postguerra había que exhibir (herencia aún no agotada de las vanguardias) un rótulo bajo el que cobijarse. Ory inventó en 1945, junto a su amigo Eduardo Chicharro, el Postismo. Pero su obra no se reduce a un nombre. Entreverado de Dadá y bajo la sombra tutelar de Antonin Artaud, más que cercano a la escolástica del surrealismo, el Postismo fue un mascarón con el que irrumpir en la poesía española, pero no define la ya caudalosa y variada producción de Ory. Más bien, a esta distancia en el tiempo, la oculta.

De herencia romántica, la poesía de Ory oscila entre la confianza absoluta en la inspiración, en el abandono, y la necesidad de convertir el dolor en luz. La necesidad de salvar el dolor. Después, porque el irracionalismo nunca es absoluto, de aquel abandono y aquella necesidad nace el juego. Un juego sabio que, sin embargo, no siempre salva el poema y que se vierte con mayor acierto en los numerosos aforismos que el poeta recoge bajo el nombre de Aerolitos.

Erótico, visionario, y tierno como nunca se escribió la ternura en su tiempo, Ory se ofrece a los lectores, por fin, en una antología que no hay que perseguir por los rincones (Música de lobo (1941-2001,) Círculo de Lectores, 2003), realizada bajo el cuidado del poeta Jaume Pont. Tiene, así, este poeta esencial una segunda oportunidad de llegar a un público amplio, después de la ya lejana Poesía (1945-1969) prologada por Félix Grande en 1970.

La diferencia se elige. No cabe, por tanto, llamarse a engaños. Si Ory fue y es provocador, si sus coetáneos “extendieron sobre él el silencio”, si su exótico recorrido por la tradición tardó en entenderse; todo, absolutamente todo, estaba incluido como precio del pasaje. También lo irregular del recorrido. Quedan poemas memorables.

HISTORIA UNIVERSAL DE PANICEIROS

En ocasiones pasado y presente se funden. Suele ocurrir, todos lo hemos comprobado, con la complicidad de un buen perfume, de un licor, de una imagen, y en las veces más sutiles por una voz que pareció ser...la voz de otro tiempo. A mí me acaba de ocurrir con un libro: "Historia Universal de Paniceiros". Lo que no es raro, porque un libro, si es un buen libro, ha de satisfacer (hasta confundirlos) nuestros sentidos, y sobre todos el oído, pues las "voces", efectivamente, han de proceder de otro mundo, de otro tiempo. Justamente el mundo, el tiempo, del libro.
Sin embargo, en esta ocasión, el mundo del libro es, fue, mi propio mundo.
Xuan Bello, el autor de "Historia Universal de Paniceiros" (Editorial Debate, 2002), nació en Paniceiros una minúscula aldea alzada sobre la sierra del occidente asturiano y yo en La Rubiera, aún más minúscula, escondida en la otra página del valle. Compartimos, por tanto, el mundo perdido que retrata su libro, y lo que quizás sea más importante el sentimiento de pérdida, de fin irreparable de aquella película de la infancia. El Cuarto de los Valles resume geográficamente un mundo sólo recuperable por la literatura, por la memoria hecha voz de otro tiempo.
Escrito originalmente en asturiano el libro recoge historias diversas, algunas relacionadas con distintas salidas del autor a otros mundos, a otros textos, a otras vidas, y de la misma manera que vemos en las transparencias de un óleo el color original que impregnó la tela, aquí vemos en el fondo de todo el verdín original de Paniceiros. Y no es el pelo de la dehesa, sino cuánto de universal y de fundacional hubo en aquel mundo.
Me conmovió hasta el final la historia de Capote. El Capote de cuando entonces tenía la sangre muy caliente, y aunque a veces pareciera fiero y hosco era incapaz de matar a una mosca. Pensándolo cuando ya nada tiene remedio quizás no se diferenciara tanto del autor de A sangre fría. Yo le recuerdo bebiendo y maldiciendo en el chigre de mi abuelo con su chaquetón de cuero y los ojos brillando como brasas. Menos predecible entonces, su final tan urbano, tan trágico, como el derribo de las Torres Gemelas por los esbirros de Ben Laden. Con su muerte la estación del metro de Callao, en Madrid, fue, como el olvido de tantos, la metáfora de la devastación.
Cerré el libro con un regusto amargo y paradójicamente con un cierto sentimiento de euforia. La literatura puede salvar, la memoria hace justicia, los sentimientos perviven sobre el estruendo de la vida cotidiana. Pienso en Ausias March, que ya dijo esto en un pequeño poema. Pienso también en Sabela Fernández y en su Lluz d`amanecer (Trabe, Uvieu, 2000) escrito desde otra esquina del Cuarto los Valles. Efectivamente: l´amor ia... como una escala na nueite. Leer también.

SÍ, OCUPA LUGAR

En el ejercicio de memoria y nostalgia que permite escribir sobre libros ya leídos por todos (esto es como una articulería de viejo, aunque, eso sí, de primera mano) sobreviene siempre el recuerdo de los lugares de lectura, de la misma manera que, en ocasiones, aquellos que somos nómadas por vocación o condición, hacemos recuento de las múltiples casas, habitaciones u hoteles en las que alguna vez estuvimos. Un ejercicio tan inútil como recurrente, con el que, quizás, conseguimos un autorretrato peatonal, una cierta idea consoladora de nosotros mismos.
El primer lugar en el que me recuerdo lector es (aún existe) el entonces enorme hueco interior de la ventana de la cocina de mi abuela Oliva. Allí, cubiertas las rodillas con un viejo chal e iluminado por la luz neblinosa que subía desde el corral memorizaba el Catecismo para la Primera Comunión que tendría lugar en primavera. Era un Catecismo sin santos, aburrido como una tarde con anginas. Escaso éxito, o escaso provecho, el de aquellas tardes, pues llegado el gran momento, interrogado por don José (llamado El Curón), mi memoria sufrió su primer gatillazo (luego se harían célebres, en todos los sentidos) y no supe responder a nada. Si los campesinos franceses enmudecían ante la fachada de la catedral de Chartres, yo sucumbí ante la refulgente y descomunal casulla de don José.
He acudido al diccionario para ver si la palabra chiscón aparecía, y aparece, aunque sólo te remite a otra: tabuco. Pues bien, un tabuco, una habitación pequeña y estrecha es el segundo lugar de mis experiencias lectoras. El chiscón de una portería. Un lugar diminuto detrás de una puerta con cortinillas en el que se concentraban todos los olores de un Madrid galdosiano, aunque estemos hablando de los años sesenta del siglo XX: humedad, la mezcolanza del aroma de todas las cocinas del edificio que bajaba por el patio, el perfume Gardenias de España de la Banochera, la del segundo izquierda. Todo ello fundido, adobado, pervertido (¿humanizado?), por el cisco que ardía bajo mis pies, en el brasero. En este lugar, esta garita más propicia a la muerte dulce que a cualquier aventura del espíritu, tuvieron lugar, sin embargo las apariciones. El primero en entrar fue Aladino y su lámpara maravillosa. Llegó de la mano temblona y enjoyada de La Bonachera y precedido, claro, por su perfume. Aquello ofendió mi dignidad pues se trataba de un cuento casi para bebés, troquelado según la figura de Aladino y su lámpara. Pero lo leí y lo guardé para poder cambiarlo en el puesto que tenía Pirulo por la calle Ibiza. ¿qué habrá sido de Pirulo? Lo cambié, abonando la diferencia, por Miguel Strogoff, en un ejemplar que había pasado por mil manos de mil niños del barrio. El heroico Miguel, la bella y noble Nadia, el traidor Ogareff, Nicolás, el lago Baikal, fueron territorio de mi imaginación, mis amigos, muchos días, pues recuerdo que Julio Verne (o su traductor) me obligaron a pedir prestado un diccionario a Daniel, el policía del quinto.
A aquel chiscón o tabuco fueron llegando Tom Sawyer, Huck Finn, Moby Dick, Los piratas de Malasia, Oliver Twist, la Flecha Negra, los Capitanes intrépidos, Gulliver... Siempre acompañados por Joe el sargento de Hazañas Bélicas y por el Capitán Trueno. Lugares de la lectura, viejos reductos de la intimidad, la malvada nostalgia. Ustedes disimulen: esto se haría más largo que una tarde de domingo.

AIRE

Aire. Escribo la palabra aire porque todas las que vienen a mi cabeza son palabras terribles y no quiero escribirlas. Escribo la palabra aire amparándome en todas las supercherías que encierra y sin ningún convencimiento especial, pero aún así, no quiero escribir las otras que llegan cargadas de significado aparentemente indudable en este momento. Es un acto de resistencia y como tal probablemente inútil, pero escribo la palabra aire como si fuera un sortilegio contra la mala suerte, un fetiche contra el mal de ojo, o un remedio contra el catarro nasal que es incómodo y le quita a mi cara la poca gracia que pudiera tener.
En el fondo la cuestión es siempre la misma: se trata de elegir con cierta libertad las palabras que pones en funcionamiento, las palabras que echas a rodar y podrían en un descuido caer sobre ti y aplastarte. O sólo rozarte, lo suficiente, en cualquier caso, para mancharte el pantalón o el bolsillo de la chaqueta y fastidiar la tarde, la velada y quizás el sueño o los sueños que pudieras tener en la noche. La realidad, o lo que percibimos y nombramos como realidad tiene, en muchas ocasiones, el corazón negro y la voluntad torcida. Algo que te empuja al tedio, a la insoportable melancolía del suicida improbable. Pero lo peor de la realidad es que se abroga la tiránica facultad de cargar las palabras de sentido. De pronto se apoderan de tu cabeza las palabras más infames, las palabras que sólo pronunciarías en caso de extrema necesidad, comienzan a pasear por tus neurotransmisores como las únicas existentes. Y, como todos sabemos, no hace falta gran cosa para que esto suceda, cualquier menudencia existencial provoca el cataclismo, desde un cambio en el viento, hasta una mala digestión facultan a las isobaras del alma para encabritarse. Y una vez encabritada el alma todo comienza a ennegrecerse y las palabras innombrables parecen ser las únicas que existen.
Y no. No sólo no es cierto que sean las únicas, lo más probable es que —además de ser una o dos entre millares posibles— su significado en ese preciso momento raye la inexistencia. Las grandes y terribles palabras suelen esconder siempre, casi siempre, mayormente, una torpeza, una debilidad, un sarcasmo. Y lo peor de ellas, una vez pronunciadas, una vez escritas, es que no provocan la risa que sería razonable sino que, incansables, atraen tras de sí otras aún peores, más vacías y más sucias.
Por esa razón es muy recomendable recordar la variedad inabarcable de palabras, celebrar algún descubrimiento caprichoso e inútil, por ejemplo: aire. Y de él, que nos sostiene vivos, buscar la acepción menos petulante: fluido que forma la atmósfera. Por ejemplo. Claro que podría darnos un aire, y perder el aire o, lo que es mejor, escapársenos un aire, señal inequívoca de que el miedo o la simple depre comenzaba, felizmente, a ceder.