QUISIERA SER COMO EL AIRE
Dicen las últimas ocurrencias de la neurociencia que el olfato es, de los cinco sentidos, el que más luces enciende en esa especie de Feria de Abril en permanente inauguración que es el cerebro humano.Que le gana de largo al gusto (algo perezoso y elemental, afirman) y sólo se deja amedrentar, en ocasiones, por el tacto. La vista resulta poco fiable y el oido, es obvio, se deja comprar a precio de politono.
Debe de ser cierto lo del olfato, no porque lo afirmen los neurocientíficos que, dicho entre nosotros, han avanzado bastante desde que dejaron de fiar en las quimeras y aplicaron el sentido común, sino porque ya los antiguos le tenían gran ley a la nariz y a ella encomendaban las decisiones más importantes. Por ejemplo, Tiresias que fue ciego y hombre, mujer, y otra vez hombre, fiaba su capacidad de oráculo en su nariz y acertó siempre, incluso en el peliagudo caso de Narciso, al que predijo el mal fin si osaba escrutarse con deleite. Y se escrutó.
De Narciso pasamos a la puritita actualidad, porque no están los tiempos para devaneos y sobre la primacía del olfato podemos sacar algunas conclusiones pertinentes. Si en el olfato reside la mayor parte de nuestra memoria y a la memoria fiamos nuestras decisiones, por el olfato somos casi tan manipulables como por el sexo. Y además sexo y olfato van de la mano, incluso excesivamente. Por tanto, ¿a qué obedece la oficialísima campaña contra el hábito de fumar? A que un miembro de nuestra sociedad con la pituitaria obstruida por dos paquetes de cigarrillos al día es menos manipulable que otro con la nariz impoluta. ¿Conspiranoico? ¿Buscador infatigable de señales extraterrestres? No. El olfato es en sociedades más avanzadas que la nuestra (recien salida del ajo) un argumento de venta: las compañías buscan no ya la identidad corporativa (que tiene algo de exudado) sino la identidad olfativa. Verizon Wireless: chocolate. Sony: mandarina y vainilla. Los hoteles Westin: té verde, cedro, geranio o fresa, según el cliente y la habitación. Por tanto, cuando entremos en un local donde diga „Oxígeno“ (Prohibido fumar, claro) tendremos que pensar: oxígeno no, chocolate. Y a comprar.
Bendito el día en el que el perfume se usaba para camuflar malos olores como el del tabaco o para paliar la falta de agua en las palanganas. Cuando se usaba para engañar y sólo se engañaba, claro, el que quería. Porque la nariz no miente.
Los ángeles, aunque deberían, no existen. Pero el hombre, que es un misterio fuera del alcance de sí mismo, ha inventado algunas metáforas que se les parecen. Y sobre el perfume, sobre el no perfume, recuerdo una copla flamenca impagable:
Quisiera ser como el aire
p’a yo tenerte a mi vera
sin que lo notara naide