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La Rubiera



Un lugar para compartir el placer de la lectura. También las divergencias de criterio. Sobre todo las divergencias. Este es el único sentido del blog. Bienvenido.

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QUISIERA SER COMO EL AIRE

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Dicen las últimas ocurrencias de la neurociencia que el olfato es, de los cinco sentidos, el que más luces enciende en esa especie de Feria de Abril en permanente inauguración que es el cerebro humano.Que le gana de largo al gusto (algo perezoso y elemental, afirman) y sólo se deja amedrentar, en ocasiones, por el tacto. La vista resulta poco fiable y el oido, es obvio, se deja comprar a precio de politono.
Debe de ser cierto lo del olfato, no porque lo afirmen los neurocientíficos que, dicho entre nosotros, han avanzado bastante desde que dejaron de fiar en las quimeras y aplicaron el sentido común, sino  porque ya los antiguos le tenían gran ley a la nariz y a ella encomendaban las decisiones más importantes. Por ejemplo, Tiresias que fue ciego y hombre, mujer, y otra vez hombre, fiaba su capacidad de oráculo en su nariz y acertó siempre, incluso en el peliagudo caso de Narciso, al que predijo el mal fin si osaba escrutarse con deleite. Y se escrutó.
De Narciso pasamos a la puritita actualidad, porque no están los tiempos para devaneos y sobre la primacía del olfato podemos sacar algunas conclusiones pertinentes. Si en el olfato reside la mayor parte de nuestra memoria y a la memoria fiamos nuestras decisiones, por el olfato somos casi tan manipulables como por el sexo. Y además sexo y olfato van de la mano, incluso excesivamente. Por tanto, ¿a qué obedece la oficialísima campaña contra el hábito de fumar? A que un miembro de nuestra sociedad con la pituitaria obstruida por dos paquetes de cigarrillos al día es menos manipulable que otro con la nariz impoluta. ¿Conspiranoico? ¿Buscador infatigable de señales extraterrestres? No. El olfato es en sociedades más avanzadas que la nuestra (recien salida del ajo) un argumento de venta: las compañías buscan no ya la identidad corporativa (que tiene algo de exudado) sino la identidad olfativa. Verizon Wireless: chocolate. Sony: mandarina y vainilla. Los hoteles Westin: té verde, cedro, geranio o fresa, según el cliente y la habitación. Por tanto, cuando entremos en un local donde diga „Oxígeno“ (Prohibido fumar, claro) tendremos que pensar: oxígeno no, chocolate. Y a comprar.
Bendito el día en el que el perfume se usaba para camuflar malos olores como el del tabaco o para paliar la falta de agua en las palanganas. Cuando se usaba para engañar y sólo se engañaba, claro, el que quería. Porque la nariz no miente.
Los ángeles, aunque deberían, no existen. Pero el hombre, que es un misterio fuera del alcance de sí mismo, ha inventado algunas metáforas que se les parecen. Y sobre el perfume, sobre el no perfume, recuerdo una copla flamenca impagable:

Quisiera ser como el aire
p’a yo tenerte a mi vera
sin que lo notara naide
  

21/07/2008 15:42 rubiera Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DE PIE SÓLO COMEN LOS CABALLOS

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En ocasiones la vida te depara la saludable y rara sensación de que el sentido común y su mejor aliado, una expresión verbal o escrita sencilla y directa, no han desaparecido del planeta. En una entrevista que el tan incansable como estimulante Juan Cruz le realizaba al actual director de la Feria del Libro de Madrid, Teo Sacristán, éste afirmaba que su abuelo solía decir que “trabajar, lo que se dice trabajar, es cavar zanjas”. Lo demás le parecían entretenimientos al honesto proletario. Y no le faltaba razón, ni le falta hoy cuando, imagino, ya no está entre los vivos, pero es recordado por su nieto con emoción y confianza.
Es importante que los recuerdos inspiren confianza. Creo que es lo más importante de los recuerdos. Todos tenemos múltiples, miles de recuerdos, pero, ¿cuántos de ellos nos nutren como si fueran pan recién horneado? ¿Cómo si fueran palabras que un amigo nos acaba de decir desde su corazón? Pocos, algunos quizás. Y son como tesoros que siempre volvemos a encontrar.
Cada año aparece un número de esta revista dedicado a la gastronomía y cada año, me plantea un problema. ¿De qué puedo escribir que, aún remotamente, se acerque a ese tema?  Siempre me salvan los recuerdos, el pan caliente de los recuerdos. Cuando era un campesino adolescente solía ir a las tierras de labor con mi abuelo José a sallar patatas o plantarlas, a sembrar centeno o a recogerlo; a cualquiera de las labores que él llamaba de día completo. A la una en punto, indefectiblemente, aparecía mi abuela Oliva con su cesta de mimbre con la comida, el vino y una botella vacía para que yo buscara agua fresca en la fuente Las llamas. Buscábamos una sombra, ella tendía un pequeño mantel a cuadros rojos, y a comer. Si por casualidad se me ocurría llevarme a la boca un bocado estando de pie, y no digamos caminando, Oliva me miraba de arriba abajo muy seria y como si se dirigiera a otro decía: “de pie sólo comen los caballos”. Y había que sentarse.
La frase, este recuerdo como pan recién horneado, me salvó años más tarde de mi timidez en los cientos de presentaciones, actos y celebraciones  en los que, también indefectiblemente, sirven canapés a los que, para mí, es una “ofensa” acercarse. Mientras  observo codazos por alcanzar un canapé de tortilla o de cangrejo, escucho una voz muy lejana: “de pie sólo comen los caballos”. Y sonrío porque, de beber, no dice nada.

11/07/2008 11:13 rubiera Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

OLINDA

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Hay dos cosas que nunca entenderé del todo. Quiero decir, entre las que me importan, porque las cosas que entiendo o me importa entender son pocas. Hay dos cosas que en estos días han llamado con insistencia a la puerta de mis ocupaciones, y por eso escribo sobre ellas. Una es ¿por qué un libro tiene éxito? Un éxito grande, de esos que generan pirámides de ejemplares en El Corte Inglés durante meses, como los de Arturo Pérez Reverte o Paulo Coelho, y que entrevisten al autor en los programas de la tele que generalmente se ocupan de otros asuntos. Y de antemano (no me lean los labios, créanselo), NO TENGO nada contra ninguno de los dos. Sobre todo nada contra Reverte que, por lo que opina y como, en sus artículos, tiene pinta de paisano bragado y que va de cara, cuestión que me parece primordial antes, después y durante los talentos con los que cada uno se gane la vida.

 

Esta pregunta veraniega me asaltó reiteradamente leyendo una gran novela. Como decíamos o decimos los antiguos y no excesivamente académicos, un gran libro. Y mira que me viene mal la palabreja. Los libros arden mal es un texto apasionante escrito con la maestría habitual de Manuel Rivas, uno de los narradores que mejor maneja la difícil relación entre emoción y distancia o, lo que es lo mismo, entre las cosas que se pueden ver y aquellas que sólo existen como lectura de lo que vemos. El libro ha sido un éxito, sin duda, un éxito de crítica –por las que yo leí- y probablemente un éxito de venta en relación a los estándares del género. Pero eso es justamente lo que me hace preguntarme por las razones del éxito de escándalo. Pienso que la novela debía de haber armado el taco. Y no armó el taco. ¿Por qué? No me lo explico. Y tampoco me conformo con explicaciones sociológicas, del tipo gran literatura y otras lindezas, en las que yo y los que piensen como yo salgamos bien parados. La obra, una historia de la ciudad de A Coruña en los días de la guerra civil, es la construcción de un universo, sí, pero un universo de personajes tan próximos, tan reales y al mismo tiempo tan mágicos, que debieran de seducir a miles, a millones de lectores. Cuando concluí de leerla en español sentí la necesidad de hacerlo en gallego y el placer, pese a pequeñas dificultades con el idioma por la falta de una práctica habitual, creció.

 

No tengo respuestas para explicar que Los libros arden mal no haya sido un éxito comparable al que el mismo escritor tuvo con Qué me quieres amor, antes de la versión cinematográfica del cuento La lengua de las mariposas, por ejemplo, cuando es, en mi opinión, éste un libro superior en muchos aspectos.

 

Así mi perplejidad queda donde estaba y pienso que estará hasta el fin de los tiempos. Un consuelo vicario reside en saber que La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa (más novela, por más ficción, que Conversaciones en la catedral) pasó por el mismo purgatorio. Pero, como diría Polca, uno de los personajes de Los libros arden mal, todo puede ser que el libro o la situación tengan o no tengan Olinda. Polca habla de las cerillas y explica que a todos sus componentes químicos podría añadir Olinda. ¿Y qué es Olinda? : “Un componente especial que tienen algunas cerillas. Las que encienden a la primera, tienen Olinda”. Pues eso.

 

Hay dos cosas que nunca entenderé del todo. Ya les conté una. La otra tendrá que esperar al próximo artículo, pues ya saben ustedes que uno de los secretos de la supervivencia es la correcta administración de la ignorancia. La propia, por supuesto.

20/06/2008 10:05 rubiera Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

¿La India?

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La otra tarde Zuli me envió un e-mail en el que decía: “Se me olvidó deciros que la revista estará dedicada a la India, por si queréis escribir sobre algo relacionado”. Algo así, pensé, como escribir sobre “algo relacionado” con el universo, pero el universo es infinito (lo que tiene sus ventajas a la hora de divagar), mientras que la India tiene fronteras inmensas y una historia casi tan infinita como el universo. La divagación sobre lo que existe o existió no es mi género. Así que, pasmado y un punto cínico, comencé a repasar mis escasos conocimientos sobre el cósmico asunto, con escaso éxito: El príncipe Gautama, Hermann Hesse, Ghandi, Salvador Pániker, textos de los Upanisads, Tagore, Ramiro Calle, dos o tres gurús cuyo nombre soy incapaz de transcribir, la novela de E. M. Foster y… poco más, si exceptuamos la actualidad más o menos reciente. Pero la actualidad sólo les da para escribir a los anglosajones, a los latinos nos sirve sólo para cargarnos de razón o insultar al vecino.

En estas, ya en la noche, vuelvo a abrir mi cuenta de correo y se produce un pequeño milagro. Mi amigo, Miguel Ángel Bernat, me ha enviado una carta con tres pequeños poemas. Uno de ellos dice: No he tenido un hijo / no he escrito un libro/ mi legado son las cosas / que he mirado con piedad.

De repente me doy cuenta de que estos cinco versos, que son una humildísima declaración de principios, una limpia proclamación del amor y un perfecto epitafio, exaltan aquellos conocimientos que yo quisiera tener (poseer, practicar, haber sabido defender) de la India. La India es todo lo que hemos visto y leído sobre ella, todo lo que nos han contado, desde los cuentos tradicionales hasta los romances de Bollywood, desde una potencia en investigación e informática, hasta la pobreza de Calcuta o la violencia de Cachemira. Pero, sobre todo, la India es, al menos lo fue para una generación, el símbolo, la patria, de lo que hubiéramos querido ser. El lugar al que quisiéramos haber llegado. Aunque probablemente no sea de este mundo. 

 

17/06/2008 09:53 rubiera Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La Venus de Cranach

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La decisión de retirar de las paredes del metro londinense un cartel que anunciaba la exposición de Lucas Cranach el Viejo, en la Royal Academy, es un hecho que puede entenderse desde el punto de vista de la seguridad ciudadana, siempre y cuando admitamos, de antemano, que estamos siendo derrotados por ideologías sin Ilustración con las que compartimos piso.
Espero que la muchacha pintada por el amigo de Lutero, coetáneo y competidor de Durero y detentador del monopolio de edición de la Biblia, pueda exhibirse sin velos, ni sobresaltos, tras las vetustas paredes de la Royal Academy. La nota de disculpa: “Millones de personas viajan diariamente en metro y no tienen más remedio que ver la publicidad allí colocada. Debemos tener en cuenta a todos los viajeros y procurar no ofender a nadie”, emitida por Transport for London, es un monumento a la estulticia y la hipocresía.
Si tenemos que ocultar nuestras obras de arte, ¿qué deberemos hacer con nuestros actos, palabras y gestos más cotidianos? ¿Reducirlos al ámbito privado? ¿Ocultarlos de nuevo bajo el santo temor de Dios? Sobre este asunto cualquier discurso se antoja un dislate y corre peligro de serlo.
La muchacha que, con la disculpa de representar a Venus, pintó Cranach, tiene una expresión que no mueve a lascivia. Su cuerpo, realizado sin duda a partir de muchos vistos fugazmente, tampoco. Es bella, sí, justamente porque muestra, representa, ejemplifica el deseo de descubrir, de mostrar a una mujer. De decir que existe, que es como es. La gasa transparente que cuelga entre sus manos y cela el sexo no es un velo, sino justamente lo contrario: la luz con la que el ser humano comparte, cautamente, a lo nuevo. Una candela, una vela.

El “metro” es una gazapera excesivamente expuesta, es cierto. Cualquier enfermo ideológico (nótese el brío elusivo) puede causar una tragedia con el mínimo esfuerzo. Pero el “metro” existe porque una sociedad se considera capaz de convivir en sus circunstancias y considera que, mayoritariamente, sus ciudadanos se respetarán en ellas. Las grandes ciudades sobreviven gracias a este código no escrito. Prohibir la exhibición de una “Venus” del s. XIV, es una manera no sólo de violarlo, sino de abolirlo.






GASTRONOSUYA

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Soy consciente que la credibilidad de estas viñetas de letras es muy escasa, pero cuando por una vez, abordan el tema gastronómico, la escasez roza la carencia. Por eso les hablaré, ya sé que no lo esperaban, de un libro. Pero les hablaré de él no para alabarlo, denostarlo o dejarlo al bies. Les hablaré para mostrarles las sorpresas que depara la ignorancia. La ambiciosa obra se titula, 3.000 años de cocina española (Espasa) y ha sido escrita (recetada y anotada), por las intrépidas Rosa Tovar y Monique Fuller, secundadas en la empresa por un nutrido grupo de amigos que encabeza Jaime Siles, no sé si el poeta o el gourmet, o ambos en el mismo alambique.

3.000 años de cocina son muchos años, pero 3.000 años de española, son demasiados.

¡Qué me van a contar a mí de licencias poéticas! Pero, tres mil años de española, son simplemente mentira, una mentira, eso sí, inofensiva. Pero luego, vienen los abertzales   y no hay quien les quite su puntito de razón. Y eso tampoco, oiga, porque la razón requiere un mínimo sentido del humor.

 Española o no, la relación comienza en la España primitiva, aquella que, sorpresa, ya comía berzas, ajo, tocino y truchas, además de una muy lírica sopa de tomillo. Naturalmente, los asturianos de entonces ya mezclaban la trucha y el tocino, demostrando que lo suyo, es decir, lo mío, ha sido siempre la nostalgia del cerdo. Así nos va.

 Avanza el libro hacia Roma y nos topamos de bruces con el pulpo de León, cefalópodo y octópodo (animal esdrújulo, donde los haya), que llegaba desde sus simas oceánicas hasta los recónditos valles de Villablino para saciar el hambre de la Legio Gémina VII, quien, a su vez, protegía con esmero el oro de Babia. No se sabe mucho de visigodos y bizantinos, respecto de sus gustos, pero sí que inventaron las croquetas, lo que sin embargo, parece más que suficiente para convertirlos en el auténtico filón de la novela histórica contemporánea, género que, efectivamente, parece en la actualidad servirse por raciones.

Que judíos y árabes tenían una mayor tendencia vegetariana  es cosa sabida, pero que de los primeros heredamos los huevos duros (y por tanto, Una noche en la ópera) y de los segundos el arroz con leche, a lo mejor fastidia a más de un partidario de don Pelayo. ¡Que los hay! De la época cristiana destacaría "los soldaditos de Pavía” y, naturalmente, las “yemas de Santa Teresa”. Claro que las, o los  “Atascaburras”, son algo muy nuestro, aunque no sé sin tan pío.

 Llega luego América y le da la vuelta a todo como a un calcetín. Y de aquello, de aquel momento sublime de la historia y de la raza: la tortilla de patata. Y si quieren mestizaje, con cebolla. Magnífico el libro de Rosa y de Monique, a quienes agradezco el favor que me han hecho en este trance. A cambio, les regalo una idea: propongan su obra como opción alternativa a Educación para la ciudadanía, muchos podrían salir favorecidos y acaso salvos.

 

 

 

 

 

 

 

27/02/2008 16:50 rubiera Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Hay bragas para comer

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¿Se acuerdan ustedes de la efímera moda literaria que en los primeros años ochenta se denominó “realismo sucio”? La expresión había nacido algo antes en Estados Unidos para designar, con bastante más exactitud que a sus imitadores, la narrativa y la poesía de Bukowski, aunque después alcanzó rango de etiqueta aplicada a una generación algo más joven, la de Raymond Carver, que gracias al siempre atento al exterior y, a veces, impagable catálogo de Anagrama, llegó a nosotros con notable presteza. En fin, algo que fue una moda que pasó para volver en cualquier momento, pues las etiquetas de la posmodernidad  no pasan a la historia sino a un stock de obras que administran gurús y mediopensionistas de la cultura, y del que, según la temporada extraen las más convenientes.

 Todo esto no viene a cuento de Bukowski al que no leo hace tiempo y de quien siempre recomiendo su poesía (Poemas de la última noche, DVD, 2004), sino por la pesadez de un amigo (la amistad es una paradoja, casi siempre) que se empecina en repetir que la vida española se ha convertido en “realismo sucio”. Y eso no. Es lo que tienen las etiquetas mal asimiladas, que sirven para cualquier cosa. Hay que reconocer que “realismo sucio”, además de ser una encubierta redundancia, posee un amplísimo campo significante. Que los señores diputados del Congreso se enfrentan como verduleras: realismo sucio. Que una madre insulta a su hija en televisión: realismo sucio. Que en un programa de máxima audiencia se airean las lujurias de una hasta ayer inmarcesible mito de la canción o la aristocracia: realismo sucio. Que una histórica institución política financie y exhiba un video digno de un tonto del bote: realismo sucio. ¿Para qué seguir?

 Pues no. Nada de realismo sucio. En primer lugar nada de realismo y en segundo, nada de sucio. Ciertos sectores de la vida española muy ruidosos por su proximidad a los medios de comunicación cuando no producto de ellos mismos, son ignorantes, ruines, avariciosos y aviesos (por no decir malvados, que tiene resonancias apocalípticas). Pero no son, en absoluto, realistas.

 Roberto Arlt, cuando quisieron calificar a sus cuadros como surrealistas, replicó lo siguiente: “no soy surrealista, soy realista del Sur”. Y tenía razón. En el sur y España es el sur-sur de Europa, el realismo se da mal, le crece rápidamente la hojarasca verbal o se le sube la color (aunque sea el negro) y se transforma en un disparate o en una genialidad, en todo caso por debajo o sobre el realismo, pero nunca en él.

 En cuanto a la suciedad, pues tampoco. En la octava potencia económica del mundo nos lavamos bastante y vestimos considerablemente bien. El noventa por ciento de los aludidos en este artículo (lamento no disponer de teléfono para que intervengan) gasta ropa de marca y accesorios de lujo. El realismo vital y literario en España (convéncete, José Manuel) se da sólo en ambientes muy populares y generalmente unido al ramo del comercio minorista. Rótulos de grafía imprecisa pero significado indudable: “Hay pan”. “Se hacen bocadillos”. Hasta aquí llegamos y poco más. En cuanto intentamos describir el pan o describir el contenido de los bocadillos, transformamos el texto en un disparate o en una genialidad, pero el realismo se esfuma. Aunque el otro día, en uno de esos tabucos del Metro que quieren ser tiendas, descubrí una pieza impecable: “Hay bragas para comer”.

26/02/2008 11:12 rubiera Enlace permanente. ARTÍCULOS No hay comentarios. Comentar.

FUMAR PUEDE MATAR

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A José Manuel Suárez, que no fuma, pero anda a cuerpo.

La cosa fue así: me había quedado sin cigarrillos y lo desapacible del tiempo hacía penoso bajar a la calle, abandonar el ordenador, a Schubert que sonaba en sus canciones y el texto que estaba escribiendo, algo sobre un escritor que quería desaparecer (Doctor Pasavento, Vila-Matas, Walser, claro); pero finalmente miré hacia el patio, no llovía, al menos no como antes y decidí salir sin tan siquiera ponerme la chaqueta.

El estanco está a diez pasos de mi portal y el viaje de ida y vuelta no llegaría a los cinco minutos y eso gastando, al menos dos, en averiguar que tipo de melancolía tendría hoy abatido a Carmelo, el estanquero que desmiente todos los tópicos del gremio: detesta vender, tiene las existencias mínimas y normalmente está muy enfadado con el mundo.

Hacía un frío del carajo la vela, así que apresuré el paso hasta el lóbrego chiscón.

Carmelo me miró con expresión bovina, sin decir palabra. Al cobrarme se obstinó, aún a disgusto, en cambiar veinte euros por no fiarme los cinco céntimos que me faltaban en monedas.

Salí apresuradamente, mosqueado por su ruindad de mal vecino, con el tabaco y el cambio en la mano esquivando los goterones que caían desde los tejados.

En ese momento, cuando ya doblaba la esquina, unos bocinazos me hicieron volverme. Un tipo desde un todo terreno me hacía gestos para que me detuviera. Yo no le reconocía, de nada

¿Qué querrá este orate?, pensé, mientras el agua del toldo de la cafetería (que me estaba esperando, seguro) cayó sobre mi cuero cabelludo como caen los porrazos sobre los tambores de Calanda.

Ante mi asombro, el orate aparcó de mala manera en plena esquina y vino hacia mí sonriente y agitando los brazos.

No tuve tiempo ni de preguntar ¿qué pasa?

Se le han caído diez euros en la puerta del estanco, me dijo.

Efectivamente, allí sobre la acera mojada estaban los diez euros hechos un guiñapo. Los cogió y me los entregó sonriendo.

Antes de que pase algún cabrón y se los quede, aclaró.

Mi asombro se transformó en pasmo. Acerté a darle las gracias mientras desaparecía como llegó corriendo hacia su coche.

Me quedé mirándolo mientras se difuminaba hasta perderlo de vista ya al final de Mejía Lequerica, olvidado de la lluvia que había vuelto a arreciar y me estaba calando.

Ahora, de vuelta a mi cubil, donde escribo esta historia minúscula, el paquete de Pall Mall me amenaza en negro sobre blanco (más exactamente, en Arial negrita cuerpo 16): Fumar puede matar.

Pero algo me dice que no es cierto, la que mata es la vida. He pillado un resfriado en condiciones.

La que mata es la vida, por su tacañería o por su generosidad. Por cinco céntimos o por diez euros.

Aunque, generalmente, lo que mata de verdad es no ponerse la chaqueta.

Cualquier chaqueta.

15/12/2005 09:47 rubiera Enlace permanente. ARTÍCULOS No hay comentarios. Comentar.

LA ELECCIÓN DE LA BARBARIE

20080226165825-pateras1.jpgNo sé por qué me despertaba muy temprano en el apartamento frente a la playa de Bolonia (Cádiz) un lugar donde todo es modesto salvo la playa misma y las ruinas de Baelo Claudia que hablan con la grandiosidad de los sueños y la serenidad de los siglos. Serenidad que, como todos sabemos, sólo afecta a las piedras y que el hombre percibe como un aroma de la muerte extrañamente tonificante, aunque efímero. A primera hora, antes de que el sol apareciera entre la calima, leía alguno de los libros que todos llevamos de vacaciones y entre ellos, "La elección de la barbarie" (Tusquets, 2002) de José María Ridao, que vino a otorgarle para mí, sin advertencia previa, una dimensión distinta al lugar elegido por los romanizados próceres de Cádiz, ciudadanos entonces de otro imperio, para poner en salazón a los atunes o tomar los baños.
Cuenta Ridao, con la inteligencia en libertad que ya mostró en "Contra la historia" y "La desilusión permanente", que occidente toma, de nuevo, frente a los movimientos migratorios la elección de la barbarie al convertir conceptos como civilización o cultura en justificaciones de la acción política, de la misma manera que hace sólo medio siglo se hizo con los de raza o proletariado. Particularmente útil su crítica a los que denomina “nuevos utopistas”, aquellos para los que la idea de globalización describe un futuro indudable (en el mismo sentido que lo fueron la sociedad sin clases o el Reich de los mil años) hacia el que se mueve el mundo de manera imparable y por el que se justifica, o debe asumirse, cualquier injusticia presente. Como es lógico la demonización del Islam y por extensión de todo el mundo árabe ocupa gran parte del discurso.
Ocupado en las ideas bien expresadas y mejor hiladas del libro salía con los primeros rayos de sol a dar un paseo egoísta por la playa, sólo habitada entonces por algunos pescadores cuya única utopía consiste en que una dorada tense su sedal y les procure disculpa de haber abandonado la cama como amantes furtivos. Digo egoísta porque además de salud, belleza, serenidad, soledad y paz, los andarines a deshora buscamos por las playas cualquier cosa, piedras de colores, conchas, y hablamos con el mar como si el mar tuviera alguna obligación de escucharnos. Y en esta ocasión era el mar el que hablaba con un lenguaje explícito y escasamente amable: en su cielo un helicóptero de la Guardia Civil iba y venía entre las brumas del Estrecho y la aún escasa claridad de la costa en previsión de que la desolación se estuviera acercando más de lo deseable. Envuelto en el zumbido metálico el andarín avanza hacia los acantilados donde le espera un pequeño bunker de cemento hoy abandonado y que la civilizada sociedad española ha rellenado con bolsas de basura que asoman como cabezas de encapuchados por el hueco donde alguna vez asomó un mauser y la perruna melancolía de un muchacho que hacía la mili. Más allá, reventados, los restos de dos pateras neumáticas golpean contra las rocas al ritmo cansino de las olas como indicando la dirección de la huida hacia la cima del pequeño promontorio de suelo arenisco tupido de pinos rastreros. De las ramas cuelgan restos de camisas quizás colgadas a secar y que no hubo tiempo de recoger después. Botas gastadas, plásticos, y arrugadas cajetillas de tabaco completan la decoración de lo que el andarín veía desde su apartamento como una lengua esmeralda que lamía los párpados turquesa del mar.
De regreso, cuando ya los primeros bañistas plantan sus sombrillas en primera línea de espuma con ardor de propietarios, traigo conmigo una pequeña caracola que le entrego a Juan quien inmediatamente se la lleva a la oreja y sonríe. Menos mal que el mar sabe muy bien lo que tiene que contar en cada caso.



La elección de la barbarie
09/06/2004 12:10 Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

PAZ, como apellido

Existen demasiados motivos para escribir esta palabra. Quizás el monosílabo más repetido en el corazón de la gente en todo el mundo, aunque sólo sea, no seamos hipócritas, para su negación. Sin embargo la palabra se acerca a esta página por distinta causa. Viene en calidad de apellido traída por el agradecimiento de lector y sólo para el recuerdo. Octavio Paz hubiera cumplido en el mes de abril noventa años. Se marchó de este mundo a los ochenta y cuatro dejando tras de sí una obra central a la cultura hispánica del siglo XX.
Recordarle como lector es también un homenaje al significado universal del sustantivo que le nombra. Pocos instantes como el de la lectura ejemplifican mejor el significado de la palabra paz. Y escasos actos, como el de leer, pueden conducir con más naturalidad hacia ella.
Del autor de Los hijos del limo y Pasado en claro, se suele alabar la extensión y diversidad de su obra, el interés permanente que demostró por conocer e interpretar (traducir) otras culturas, otros ámbitos de la emoción y el conocimiento y, cómo no, la hondura y modernidad de su obra poética. Con ser ciertos cada uno de los enunciados se me antojan, en este instante, insuficientes. La sensación de orfandad que produjo su muerte no se explica sólo por lo que Octavio Paz había escrito, que afortunadamente sigue ahí, tan vivo como cuando salió de la imprenta, ni por lo que hubiera podido escribir que pertenece al mundo de la especulación. Quizás sea necesario admitir que echamos de menos un talante y un talento crítico, una manera de estar en el mundo de las ideas y en el mundo mucho más farragoso y enfangado de los actos. Desde la raíz de México que es un continente de la cultura hispánica y asumiendo, es decir, reconociendo, todas sus contradicciones y limitaciones, Octavio Paz integró nuestra cultura en el torrente crítico de la cultura moderna. Con su obra sí, pero también con sus actos políticos, con sus gestos cívicos. El siglo XX fue de los más siniestros de la historia del hombre, pero de su barbarie surgió una clase de hombres —que no ángeles— especial, aquellos que supieron atravesarlo sin permitir que claudicase su capacidad crítica. Entre ellos, y desde nuestra orilla, estuvo Octavio Paz.
Por otra parte, quizás su herencia, ese talento crítico, sea la única garantía de que en algún momento, la paz sea posible.
24/05/2004 14:01 Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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